El presidente Macri dijo en su reciente viaje a Holanda que en la Argentina se está llevando a cabo “un cambio cultural” y que él esperaba fuera acompañado por todo el pueblo argentino. ¿Qué significa ese cambio cultural? Por Silvia Torres

 

El antropólogo norteamericano Ward Goodenough, en Análisis componencial y el estudio del significado*, hizo una definición sobre qué es Cultura diciendo que es aquello “que realmente necesitamos saber o creer en una determinada sociedad, de manera que podamos proceder de una forma que sea aceptable para los miembros de esa sociedad. Es más bien la forma que tienen las cosas en la mente de la población y los modelos de la misma para percibirlas, relacionarlas e interpretarlas”. En otras palabras, podemos abundar diciendo que la cultura son las distintas formas y expresiones de una sociedad, que conforman un tejido social y que, por lo tanto, involucra a las maneras de ser, las costumbres, las prácticas, los rituales, las normas de comportamientos y hasta los tipos de vestimenta o sea, todo aquello que, al decir de la UNESCO, le permite a los seres humanos reflexionar sobre sí mismos, discernir valores y procurar nuevas significaciones.

 

¿Qué quiere decir, entonces, cuando Macri propone un “cambio cultural”? Teniendo a la vista los casi 16 meses de su gobierno, en los que sobresalen las medidas de neto corte neoliberal, que destruyen el entretejido social que pacientemente se tejió a partir del 2003 -bautizado como la “pesada herencia”-, más que un cambio cultural, lo que en realidad debiera de decir es que su gobierno busca una restauración cultural, centrada fundamentalmente en la concentración de la riqueza y el empobrecimiento de las grandes mayorías.

 

Restauración cultural que, ante la evidencia de quien quiera ver, no es otra cosa que la Argentina decimonónica agraria y profundamente desigual, aquella de apellidos ilustres y/o advenedizos –como Macri-, secundado por el Blanco Villegas de la madre, que tienen su guarida más representativa en la rancia Sociedad Rural a la que se anexaron otros ámbitos más modernos, conforme las necesidades financieras que conlleva la acumulación, como bancos y oligopolios que concentran el poderío económico, a los cuales este gobierno de restauración responde, obedece y favorece.

 

En el lenguaje manipulador, mentiroso y no exento de cinismo del Presidente, hablar de “cambio cultural” le permite disimular las verdaderas intenciones de su accionar y del dejar hacer a sus funcionarios, parientes y amigos, siempre en procura de acumular riqueza a cambio de someter a millones de argentinos a la desocupación, la sobrevivencia al límite de la pobreza y la pobreza misma, con vastos sectores arrojados a la indigencia.

 

El “cambio cultural” macrista implica recibir a familiares de presos en Venezuela y mantener en prisión a Milagro Sala; significa una compra de armas de guerra varias veces millonaria, cuando no hay leche en los comedores ni en los hogares populares y, tampoco, insumos básicos en los hospitales; significa tarifazos varias veces escandalosos para favorecerse a sí mismo y a sus amigos –recuérdese que sus anfitriones, los reyes de Holanda, son principales accionistas de Shell y que su ministro de Energía, es un ex gerente y accionista de esa multinacional-; significa el desplome de la actividad industrial; significa el aumento incesante de precios de la canasta básica y la caída en el consumo de leche y carne; significa que la desocupación seguirá aumentando; significa que las inversiones que llegan al país son solo aquellas de carácter especulativo; significa que el déficit fiscal es equivalente a la espectacular fuga de divisas; significa que la deuda en dólares es la mayor registrada en la historia argentina, equivalente a la que la dictadura genocida provocó en los ocho años de su gestión; significa que en los estudios de televisión, distorsionan las estadísticas del presente y del pasado y, lo que es mucho peor, pretenden distorsionar la realidad del presente y del pasado.

 

El “cambio cultural” que construye Macri todos los días, excepto los innumerables que ocupa para descansar, implica que en la Argentina sobran más de 25 millones de personas lo cual explica, también, la aversión que le produce el modelo cultural argentino que tiene como uno de sus ejes abrir los brazos a todos los hombres de buena voluntad, que quieran habitar este suelo. Rechaza el empoderamiento de ciudadanos y ciudadanas con derechos; repudia a la educación pública por masiva, inclusiva y democrática; desprecia a los científicos porque éstos son capaces de crear lo que el pueblo necesita y, por lo tanto, le limitan las posibilidades de proveerse de todo comprando en el exterior y garantizarse suculentas comisiones.

 

En definitiva, la cultura que masivamente construyeron los argentinos pagando el alto precio de la represión, la prisión, los fusilamientos, las desapariciones, la tortura, las violaciones y la muerte, no tiene nada que ver con la cultura elitista, tilinga, plagada de ignorancia, autoritaria, antidemocrática y dramáticamente injusta, que propone Mauricio Macri.

 

*Nueva York, Harper and Row, 1964.