El titubeo del presidente Mauricio Macri para nombrar a las Ruinas de San Ignacio, durante su visita de campaña a la ciudad de Posadas, Misiones, disparó estas líneas. Gran impacto en todo el país. Por Pablo Camogli

 

Discúlpeme que le escriba estas líneas, presidente Mauricio Macri, pero no puedo dejar pasar su desconocimiento sobre uno de los tantos motivos de orgullo que tenemos los misioneros. Eso que Ud. hoy no supo ni siquiera nombrar correctamente y definió como “ese lugar de los jesuitas”, se trata de uno de los Patrimonios de la Humanidad que posee la provincia de Misiones. Ni más ni menos que eso, un Patrimonio de toda la Humanidad que queda acá, en nuestra tierra colorada.

 

Está bien, uno entiende que Ud. no puede saber todo y que en su cabeza hay miles de cuestiones urgentes e importantes por resolver. Solo que duele que Ud. venga a nuestra provincia y no sea capaz de nombrar más que cataratas del Iguazú como un lugar digno de conocer. Quizás hasta allí llegó su memoria, su capacidad oratoria o su conocimiento de la provincia, no lo sé. Pero duele. Nos duele a los misioneros.

 

Pero le cuento qué fueron las Misiones jesuítico-guaraníes, aunque dudo le interese. Fueron una de las más extraordinarias experiencias de la conquista, con todo lo terrible y dramático que ello implicó. Los padres de la Compañía de Jesús lograron el apoyo de los caciques guaraníes a partir de un acuerdo que era bastante simple: los guaraníes aceptaban el evangelio y los jesuitas les aseguraban que no serían encomendados por los españoles ni esclavizados por los portugueses.

 

A partir de allí, se desarrolló en la región de la selva paranaense una particular experiencia de sincretismo cultural que pasó por momentos diversos. Desde la crisis provocada por los Bandeirantes y que los guaraníes resolvieron victoriosos en la batalla de Mbororé, que descuento Ud. desconoce por completo. Hasta el auge de mediados del siglo XVIII, cuando más de 150.000 personas vivían en los 30 pueblos históricos. Las guerras guaraníticas y la posterior expulsión de los jesuitas, marcaron el fin de aquella experiencia en 1769.

 

Hoy nos quedan los vestigios arqueológicos que Ud. no supo nombrar. Esos restos, que también se encuentran en Paraguay y Brasil, son motivo de orgullo para los que habitamos estas tierras. En esas enormes paredes de piedra itaquí está condensada parte de nuestra identidad regional, nuestra historia y nuestra cultura. Ud. debería saberlo, por lo menos debería tener cierta idea sobre la importancia y el sentido que tienen “esos lugares de los jesuitas” para los misioneros. Digo, si es que realmente le importan los habitantes de esta tierra. Si es así, Señor presidente, si algo le importa esta gente, la próxima vez que nos visite muestre un poco más de respeto por nuestra historia y nuestra cultura. No le pido mucho, tan solo un poco de dignidad.