La Argentina avanza en la destrucción del proceso democrático y republicano, debido a la manipulación y violación de las normas constitucionales y la imposición de formas represivas con presos políticos, desaparición de persona, censura y concentración de medios en manos de adictos al régimen. Por Silvia Torres (para www.mediosdelmercosur.com)

 

 

La Argentina está en el mundo y es noticia casi cotidiana o semanal en los más importantes medios de información del mundo, -aquellos que todavía conservan un alto grado de credibilidad, debido a que se editan en países en donde se prohíbe la concentración de empresas periodísticas-, noticias para nada auspiciosas, por cierto, sino todo lo contrario.

Hace poco más de un mes, el buscador Google respondió a una consulta acerca de quién es el mandatario más corrupto del mundo y la respuesta fue: el argentino Mauricio Macri, en virtud de las 50 empresas no declaradas que tiene junto a su familia, en once paraísos fiscales. La noticia se viralizó en todo el orbe y fue publicada en innumerables diarios internacionales. Típico de republiquetas bananeras, que se caracterizan por el nivel de corrupción de sus multimillonarios y desprejuiciados presidentes.

Lo cierto es que el país que paso a paso construye la alianza macrista-radical-massista se lleva por delante todas las normas constitucionales, que garantizan la vigencia de la democracia y la existencia de la República. Incluido el primer acto electoral bajo la batuta de la corrupta alianza, las PASO de agosto, por ejemplo, cuando el oficialismo festejó con su clásico estilo un triunfo inexistente y solo posible gracias a la manipulación del escrutinio, que determinó que el tal triunfo fue solo una ficción, un montaje de utilería, porque el ganador de la contienda fue el frente encabezado por la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

La sucesión de hechos irregulares que lleva a cabo un sector del poder judicial -ingresado a los juzgados de la mano del indecoroso José Luis Manzano o como lacayo del establishment-, los frecuentes hechos de represión a manifestaciones populares, la existencia de presos políticos y el incumplimiento de órdenes emanadas de la Comisión Interamericana de DDHH, la desaparición forzada de Santiago Maldonado hace 50 días en un operativo de la Gendarmería nacional –el predilecto brazo armado del gobierno M-, además de la situación económica no del todo catastrófica, pero que va rumbo a ello conforme se observan los indicadores de los próximos meses, se profundizó con un escandaloso hecho de censura.

La censura es un hecho vergonzoso e incompatible con la Democracia, que se puso de manifiesto ni bien asumió el macrismo, allá por diciembre del 2015, cuando procedió a despedir a periodistas, artistas, trabajadores de la cultura y trabajadores en general de los organismos del Estado; interrumpió el convenio de transmisión con Telesur e intentó lo mismo con Rusia To Day, evitado por la amenaza del gobierno ruso de interrumpir los lazos económicos, que favorecen largamente a la Argentina. Todo ello fue un anticipo, nefasto y doloroso por cierto, de cuál sería su accionar en materia comunicacional.

Fue así que los medios de comunicación, mayoritariamente dependientes de empresas hegemónicas lideradas por el Grupo Clarín, aunaron sus textos, voces e imágenes al servicio de difundir un relato construido en las usinas oficiales. Excepto, el canal C5N, que reunió a periodistas críticos para armar su línea editorial distinta, hasta hace un par de días en que también cayó la guadaña censora del macrismo, presionando a Indalo, la propietaria, por deudas fiscales a cambio de despedir a uno de sus periodistas estrella, conforme los altos rating de sus programas: Roberto Navarro, quien, al frente de un grupo de jóvenes y brillantes periodistas, había logrado difundir valiosos informes acerca de realidades harto conocidas en el exterior, pero puntillosamente silenciadas por la hegemonía comunicacional local.

Es posible que, en el proceso de destrucción democrática y republicana por parte de la alianza gobernante, falten muchos elementos para desatar la furia popular, conforme se desprende de la historia reciente de los argentinos: Todavía no hay 27 % de desocupación, todavía no hay 54 % de pobres, todavía no hay saqueos, todavía los jubilados no se mueren en las veredas de las clínicas y los niños no lloran de hambre en la pantalla de la Tv, todavía no hay corralito, todavía no hay treinta muertos como cuando la Argentina se había afianzado como una perfecta republiqueta bananera.

Pero, ¿cuánto falta para que ello ocurra?