Como hace sesenta y dos años, cuando tuvo lugar el derrocamiento de Perón por el golpe militar presidido por la Armada nacional, que ya había bombardeado la Plaza de Mayo, la persecución política, el desmantelamiento del sistema de medios de prensa, entre otros abusos de poder, se repite en la democracia devaluada del macrismo. Por Silvia Torres

 

En septiembre de 1955, concretado el derrocamiento de Juan Domingo Perón, quien había accedido a su segunda Presidencia con el 63,5 % de los votos, se desató una feroz represión sobre dirigentes, militantes, trabajadores, artistas, etc. que habían adherido al peronismo, se interdictaron sus derechos y sus bienes, se  apresó a los que osaron permanecer en el país, se desmantelaron y se apropiaron irregularmente de los bienes, las obras de arte, el mobiliario, las joyas de Eva Perón, etc. que pertenecían a instituciones públicas, como la Casa de la Empleada y a las distintas reparticiones de la Fundación Eva Perón, al mismo tiempo que se exigía el exilio del Presidente depuesto.

De inmediato se dictó el famoso decreto 4161 mediante el cual no solo se prohibía al peronismo la práctica política, sino la mención de los nombres de sus líderes, cualquier palabra derivada de ellos, los símbolos, cánticos y cualquier expresión que hiciera referencia al Movimiento.

El instrumento fundamental que usó la mal llamada Revolución Libertadora, fue el dominio de la opinión pública mediante los medios de prensa y la invalorable cooperación de gran parte del Poder Judicial. Cualquier coincidencia con la actualidad, no es casualidad.

En aquel entonces y desde el instante mismo del golpe, Roberto Noble al frente de Clarín y los Mitre, con La Nación, apoyaban con todo empeño la nueva experiencia antidemocrática y represiva, al mismo tiempo que los dictadores restituían a los Gainza Paz el manejo del diario La Prensa. O sea, los grandes medios de prensa que “informaban” a la ciudadanía, no solo se volcaban abiertamente en apoyo de los golpistas, sino que se ocupaban puntillosamente de publicar toda la larga lista de “delitos” cometidos por el “tirano depuesto” y sus seguidores.

Asimismo, clausuraron y/o intervinieron, colocando en su dirección a periodistas con decidida posición antiperonista, los numerosos medios de prensa como Democracia, La Época, Mundo Argentino, Hogar, Crítica y El Mundo, todos ellos intervenidos y muchos eliminados luego de un tiempo, con despido masivo de sus trabajadores. También padecieron una feroz censura hasta llegar a la incautación, publicaciones como El Líder, Esto Es, Lucha Obrera y De Frente, incluida la prisión del diputado John William Cooke, director de esta última publicación.

El obsesivo objetivo de los militares era “desperonizar” al pueblo argentino porque, a su criterio, éste había sido víctima de un engaño inaceptable: Creer que en la Argentina era posible el desarrollo científico y tecnológico, la industrialización, el desarrollo social de la población, trabajo y salarios dignos que sostengan un mercado interno sólido, capaz a de apuntalar el crecimiento económico social de todos los sectores. Algo muy parecido a lo que ocurría en la Europa de la post guerra, en donde los Estados se ocupaban de fomentar el desarrollo de todos sus recursos económicos y sociales.

Aunque no haya una dictadura militar conduciendo los destinos actuales de la Argentina, el sector político que gobierna es el mismo: La rancia oligarquía que logró, por primera vez en la historia, acceder al gobierno por el voto de los ciudadanos. Esa es la única novedad. Todo lo demás, censura, represión, endeudamiento, acumulación de la riqueza y de los bienes de producción en pocas manos, desocupación como instrumento para el control social, empobrecimiento, presos políticos y hasta fusilamientos ilegales, etc., son los instrumentos que aplicaron los dictadores de los todos los tiempos y que tienen hoy, en la camarilla de gerentes de multinacionales con un hijo dilecto de quienes se enriquecieron con la teta del Estado, como el actual presidente, en la conducción del país.

Habrá que ver cuánto les dura la fiesta y cuánta será la paciencia y/o la ceguera de los argentinos, para poner fin a este ignominioso período que tanto se asemeja a aquel septiembre de 1955 y a los nefastos años que le siguieron.