No hay nada más volátil que el poder político en manos de cierta dirigencia y, cuando comienza el proceso, casi nada puede detener ese esfumarse, sobre todo cuando el poder se fundó sobre la mentira, el engaño, la hipocresía, el cinismo. Pueblo engañado, no perdona. Por Silvia Torres

 

Si bien en la educación formal, en la apropiación del espacio público, en la manipulación de la opinión pública hay una historia a-histórica, por los huecos que presenta en cuanto a registrar el papel de las grandes masas populares, eso no siempre se mantiene monolíticamente para sostener a un grupo de poder dominante, al momento de gobernar el Estado. El proceso de volatilidad del poder político es un fenómeno que se repite en la historia argentina, en un proceso cada vez más acelerado, sobre todo desde el momento en que el peronismo surgió como la expresión legítima de los sectores populares y compitió con la oligarquía, como interlocutor democrático, para administrar la cosa pública.

La oligarquía, conformada por avarientos personajes que de tanto acumular no dejan más que migajas para distribuir entre las mayorías, toda vez que ejercen el gobierno –la mayor cantidad de años en la historia nacional-, repitieron la historia de acumulación de la riqueza en pocas manos, se apropiaron descaradamente del producto de la fuerza del trabajo y hambrearon al pueblo. Indefectiblemente y sin excepción.

El problema, entonces, es la persistencia del peronismo como fuerza política, que se conformó gracias a la providencial aparición de un militar que, luego de traicionar a su clase, se erigió en conductor, organizador y adoctrinador de una masa explotada y miserable, en un país infra desarrollado, aunque la historia a-histórica se ocupó de contar que la Argentina era el “granero del mundo”, que el “Banco Central tenía sus pasillos llenos de lingotes de oro” y que los argentinos eran los dandis más codiciados para las damas parisinas… Todo lo cual, el peronismo, con su legión de cabecitas negras, vino a destruir.

A partir de entonces y, a pesar de “las bombas, los fusilamientos, los compañeros muertos, los desaparecidos”-, el peronismo fue superando los avatares que le deparaba la historia, siempre con el mandato ineludible de empoderar al pueblo, garantizar sus derechos y el ejercicio de una vida digna para todos.

La alianza macrista-radical que conduce los destinos de la Nación, arribó al gobierno mediante una descarada manipulación de la opinión pública, sostenida en una infinita seguidilla de aviesas mentiras, que fueron proficuamente acompañadas por un festival de globos amarillos que hoy por hoy se le han volatilizado, como se le volatiliza la credibilidad mínima para conducir el Estado.

Ni una sola de las promesas de campaña, en boca del presidente Mauricio Macri y de la vice presidenta, Gabriela Michetti, repetida millones de veces por los medios hegemónicos que fueron el instrumento insoslayable –como parte de la oligarquía que son-, se hizo realidad en los casi 27 meses de gobierno, sino todo lo contrario y una inhumana reforma previsional, fuertemente resistida, colmó el vaso.

A partir de entonces y luego de una violenta represión a la gigantesca movilización que trató de impedir la sanción de la ley, ya nada fue lo mismo. La paciencia de quienes confiaron en el palabrerío gorila se esfumó, la bronca tomó cuerpo, se manifestó pacíficamente el 22F y también brotó y se repite en millones de gargantas que entonan el cantito más famoso de la temporada en las canchas de fútbol, en los teatros, en cualquier espectáculo artístico, en el subte.

El 1º de marzo se inauguran las sesiones en el Parlamento nacional, con el discurso presidencial. Sectores opositores han convocado a vivar a sus líderes y nadie puede negar que el hit del verano no sea el sonido que retumbe insistentemente en los alrededores del Congreso de la Nación. Si eso ocurre, será la mejor demostración de cómo un grupo de multimillonarios en el gobierno, perdieron el rumbo y la confianza de un pueblo que tiene como principal característica una inocente confusión acerca de quiénes son sus históricos enemigos.

 

29-El verdadero hipócrita es el que cesa de percibir su engaño, el que miente con sinceridad.-André Gide.