El “crecimiento es invisible” y, también, para los argentinos, son invisibles el “estándar ético de los funcionarios”, que se “crea empleo en el país”, que “los salarios superan a la inflación”, que el macrismo se preocupa por la educación de calidad y, además de invisible, increíble, que “lo peor ya pasó”. Por Silvia Torres

 

El presidente Mauricio Macri, al inaugurar el tercer período de sesiones del Congreso de la Nación, brindó un discurso difícilmente digerible para las mayorías populares argentinas, no solo por lo que dijo, sino también por lo que no dijo.

En el primer caso, no pudo eludir enhebrar un sinnúmero de mentiras haciendo gala de su proverbial cinismo, una cualidad que abunda en los mensajes de todos sus más estrechos colaboradores. Su frase, “el crecimiento es invisible” pasará a formar parte de la antología de las estupideces argentinas y, también, de las provocaciones más burdas y brutales, para un pueblo que pierde cotidianamente puestos de trabajo, poder adquisitivo y derechos consagrados, no solo por la Constitución Nacional, sino puestos en vigencia a lo largo de muchos años y luego de muchas luchas.

Su referencia a que los funcionarios de su gobierno alcanzan el “más alto estándar ético” y que deben cumplir con claras “reglas sobre cómo mostrar sus bienes”, supera largamente el nivel del cinismo de este presidente, mencionado en el mundo entero como uno de los más corruptos, en tanto que sus colaboradores, especialmente los más estrechos, intervienen en negocios y negociados multimillonarios con el Estado, son titulares de empresas off shore y endeudadores seriales de la Argentina.

Entre lo que no dijo, además de eludir las verdades de la desocupación, el parate de la economía, la crisis de las economía regionales, el desmantelamiento del Estado como rector del desarrollo socio económico, el pavoroso déficit y el descenso de las exportaciones, no hizo referencia alguna al incumplimiento de sus reiterados anuncios sobre la “lluvia de inversiones” y lo inútil de sus viajes al exterior, de donde regresa infaliblemente con las alforjas vacías, a pesar del multimillonario gasto que esos viajes producen en las arcas nacionales: El hombre, como millonario que es, viaja a lo grande.

Silenció puntillosamente las famosas obras públicas que, dicen, se están llevan a cabo en el país: autopistas y rutas, parques eólicos… ¿Dónde? ¿Qué más, que no sean refacciones a la Casa Rosada y a la residencia presidencial de Olivos, que se hacen entre gallos y medias noches con costos exorbitantes?

En síntesis, lo que dijo y lo que no dijo sonó a provocación. El azúcar en el organismo humano, las fuerzas de seguridad que por fin nos cuidan (a los tiros), niños que no pueden recibir una educación de calidad por culpa de la irresponsable conducta de los maestros (que pretenden salarios dignos), igualar los derechos económicos de hombres y mujeres y encarar la despenalización del aborto (aunque su partido político y aliados están en contra) son cortinas de humo, visibles y notables, como lo es la realidad que padecen los argentinos cotidianamente.

Las devaluadas frasecitas “lo peor ya pasó” y que “los argentinos somos imparables si vamos juntos”, pretenden inocular expectativas auspiciosas para el futuro que nunca llega y, se puede afirmar sin temor a error que, a este paso, con estas medidas, con este modelo, con este gobierno, lo único que pueden esperar los argentinos es tocar el fondo.

Lo visible es el despojo, la pobreza que corroe a los sectores más vulnerables, la corrupción que se convirtió en moneda cotidiana, el desparpajo de conductas (un administrador de fondos buitres aterriza en la Afip, por ejemplo) y la maledicencia del discurso de funcionarios tratando de explicar lo inexplicable. De allí que el hit del verano, a este paso, recibirá el Grammy, por estar en boca de multitudes nacionales e internacionales y por ser uno de los temas más versionados, con variados instrumentos y ritmos.

Dicen que, cuando el ruido suena, es porque agua trae y eso tampoco es invisible.