Luego de 14 años el FMI volvió a la Argentina con los propósitos de siempre: monitorear la economía, dar instrucciones para la continuidad del endeudamiento y garantizar el pago de intereses, sea cual sea el costo que deba pagar el pueblo argentino. Por Silvia Torres

 

La restauración neoliberal en la Argentina permitió el arribo de la titular del Fondo Monetario Internacional, Cristine Lagarde, luego de 14 años que debió mantenerse al margen, gracias a la recuperación de la soberanía en materia política y económica, que incluyó un fuerte proceso de desendeudamiento, con desarrollo económico y social.

La mujer pronunció las palabras de rigor -como ocurrió en todos los casos en los que el FMI se ocupó de monitorear la economía de éste y de cualquier otro país del mundo que se lo permita-, que se sintetizó en la frase “los dos primeros años del gobierno (macrista radical), han sido asombrosos”. Palabras más, palabras menos muy parecidas a aquellas de 1998, cuando el por entonces titular del organismo, Michele Camdessus señaló “los muchos progresos en la instrumentación de las reformas estructurales” ya que “es muy sólido (el estado del país) y (el gobierno) ha realizado una magnífica labor”, a poco del estallido del 2000/2001.

La injerencia del FMI no es auspiciosa en ningún lugar del mundo y no lo fue ni lo es para la Argentina, en momentos en que se baten récords de endeudamiento externo y de déficit fiscal. Es que el país, con este modelo, no produce, no recauda, no invierte, no consume y las arcas del Estado están vacías, mientras que la deuda solo permite garantizar la disponibilidad de divisas, tanto para la remisión de ganancias de las multinacionales y la fuga, que también es récord en estos momentos.

Las recetas del FMI son exactamente las mismas que las que desencadenaron todas las crisis anteriores y nada indica que la culminación de este proceso vaya a ser distinto. Sobre todo, porque los funcionarios responsables del gigantesco endeudamiento, avalada por la decisión política encarnada en el presidente de la Nación y los representantes del pueblo (diputados y senadores), no pueden garantizar otra cosa, a pesar de la repetición del palabrerío vano e inconducente, plagado de mentiras fácilmente comprobables.

Desprenderse del FMI fue una experiencia exitosa para la Argentina, porque permitió retomar la capacidad de decidir sobre medidas tendientes a la recuperación económica y su positivo impacto para el desarrollo social. De allí que no deja de ser un hecho histórico que el fallecido presidente Néstor Kirchner decidiera prescindir de su nefasta injerencia, renegociar la deuda externa con una quita del 70 % y sanear el ciclo genuino del capitalismocivilizado”: fuerte inversión pública para la recuperación productiva, industrial, el desarrollo científico tecnológico y sobre todos los factores (trabajo, salud, educación), que determinaron la recuperación de los sectores sociales vulnerables para incorporarlos como activos consumidores y fortalecer el mercado interno.

O sea, un programa inverso del modelo implementado por la alianza macrista-radical, que no logró alcanzar ninguna de las metas propuestas durante su campaña sino todo lo contrario: se profundiza la crisis económica y social, bendecida una vez más, por el FMI.

La figura del título, con la pata encima, es literalmente lo que le ocurre al pueblo argentino. En todo caso, hay que tener alguna esperanza de que las mayorías puedan abrir los ojos, antes, un poquito antes de que el agua llegue a las narices y que, la pata encima, ahogue a todos.