La detención del ex presidente Luiz Inacio Lula Da Silvia forma parte del proceso de deterioro democrático que se opera no solo en el Brasil, sino en toda América latina. Fuerte avance de la restauración conservadora. Por Silvia Torres

 

 

“La esperanza tiene dos hermosas hermanas: la indignación contra todo lo malo y la valentía para crear caminos nuevos”, dijo Leonardo Boff, uno de los teólogos cercanos al PT, el partido liderado por Luis Inácio Lula da Silva, condenado a 12 años y un mes de prisión por un hecho de corrupción, que cuenta apenas con la convicción del juez de la causa, en una sentencia ratificada por el tribunal de alzada, previa declaraciones amedrentadoras de militares de alto rango, retirados y en actividad, que se sumaron a la incesante letanía de la red O’Globo, el gigantesco y poderoso medio de comunicación que domina a las audiencias brasileñas.

El proceso para devaluar las democracias latinoamericanas se compone, en este siglo, con golpes “blandos”, diferentes de los del pasado, por cuanto no se usan abiertamente a las fuerzas armadas locales como instrumento prioritario, sino se construyen sobre un trabajo de deterioro sistemático de gobiernos populares –bautizados como “populistas” dando al calificativo un sentido despectivo-, a través de los medios de comunicación –la televisión, casi excluyentemente-, que predican las 24 horas sobre noticias, que no lo son; sobre verdades, que no lo son; sobre hechos inexistentes o fabricados con elementos de utilería, etcétera. El objetivo: deteriorar el poder político de los gobiernos legítimamente elegidos, que se atreven a reformas que incluyan la elevación socio cultural de las grandes mayorías.

En el caso particular de Brasil, el proceso tuvo su inicio inmediatamente después del triunfo de Dilma Rousseff para conducir los destinos del gigantesco país, como continuidad de un tercer período del Partido Trabalhista –creado por Lula a partir de su militancia al frente del poderoso sindicato metalúrgico de Sao Paulo-, al frente del Ejecutivo nacional. El país había logrado un espectacular crecimiento de su economía con distribución de la riqueza, alcanzando el 6º lugar en el ránking de las economías del mundo y logrado incorporar a 40 millones de ciudadanos como sujetos plenos de derecho, como el tan básico de poder alimentarse todos los días, acceder a todos los niveles educativos, de salud, etcétera.

En la historia de Brasil siempre hubo una certeza: que un obrero, nacido en el paupérrimo nordeste, en una familia hiper humilde donde se comía de salteado, que como tantas otras se trasladó a la periferia de la gigantesca ciudad industrial en busca de mejores horizontes que, por cierto, no era otra cosa que un plato de feijao diario para cada uno. Precisamente uno de ellos, se torna en obrero calificado y comienza su militancia gremial, crea poder, suma adherentes en todo el país y se convierte en presidente, como modelo del ascenso social en un país que tiene el privilegio de ser uno de los que alberga las mayores diferencias en el reparto de la riqueza y que, además, fue eternamente gobernado por hombres provenientes de la más rancia oligarquía.

Ése del ascenso social es Lula. El hombre capaz de construirse como obrero, como dirigente y como líder de un pueblo, en medio de voraces lobos devoradores de todo lo que no sirva para sus propios enriquecimientos. Lula, el hombre capaz de tomar el ejemplo de las mujeres humildes del pueblo, de las madres del pueblo que atienden con mayor dedicación y preferencia al hijo más débil, al menos dotado para que no se muera, ¡para que viva! Lula, el hombre capaz de llorar ante las cámaras de televisión, porque los hombres simples del pueblo no aprendieron jamás a ocultar sus sentimientos. Lula, el hombre que desarrolló a su país de manera espectacular junto al crecimiento de las fortunas de los más ricos, pero a los que les puso una demarcación, igual que a la voracidad imperial.

La oligarquía brasileña debía limitar a ese hombre, desde el mismo momento en el que, luego de dos períodos de gobierno, se retiró con el 83 % de opinión positiva. No podía volver, porque los poderes fácticos brasileños no pueden admitir ser gobernados por otro que no sea un par. Con vistas a las elecciones presidenciales del próximo noviembre, Lula avanzaba en la consideración popular, a partir del 37 % que le dejó el esmerilar constante de los mentimedios y para lo cual se pergeñó un proceso judicial viciado de todas las aberraciones posibles para, finalmente, ponerlo preso.

Lula se refugió en la sede del sindicato de sus amores, rodeado de una multitud. Y, previo a entregarse para ser encarcelado en la penitenciaría federal de Curitiba, acá nomás, participó de una ceremonia religiosa en homenaje a su esposa, enferma y fallecida ni bien se inició el proceso. Allí, Lula leyó el siguiente texto bíblico: Señor, haz de mí un instrumento de tu paz. Y allá donde haya odio yo ponga el amor. Que allá donde haya ofensa yo ponga el perdón. Que allá donde hay discordia yo ponga la unión. Que allá donde hay error yo ponga la verdad. Que allá donde haya duda yo ponga la fe. Que allá donde hay desesperación yo ponga la esperanza. Que allá donde hay tinieblas yo ponga la luz. Que allá donde hay tristeza yo ponga la alegría.

Eligió bien. En medio de una democracia que día a día es manoseada, violada, arrasada, nada más oportuno que recordarle a sus seguidores qué hizo mientras fue el mandatario de una de las naciones más grandes del mundo.