Si los ciudadanos creen que los tarifazos ya tocaron su techo y que el ajuste, los despidos y la reducción del poder adquisitivo de los salarios ya llegaron al piso, se equivocan. Más nafta sobre las llamas: reforma laboral. Por Silvia Torres

 

Ningún ciudadano de la Argentina con dos dedos de frente y con los pies sobre la tierra, -es decir, esa gran mayoría que no se deja embaucar por la manipulación mentirosa y vil de los mentimedios de comunicación, que no se cansan de exaltar las no menos mentirosas declaraciones del presidente de la Nación y el séquito de sus funcionarios-, puede esperar que la situación económica y social del país vaya a tener un alivio en el futuro mediato e inmediato, sino todo lo contrario.

Los combustibles atados al dólar es básicamente una perversa decisión política que afecta toda la estructura de precios, desde los más elementales, como que una caja de un litro de leche líquida cuesta $ 35, al incesante aumento de los precios de la carne vacuna –ya imposible para la mesa de millones de familias-, pero también con fuerte incidencia sobre el pollo y el cerdo, que provocan un descenso notable en la calidad alimentaria de las grandes mayorías y explica la existencia de 65 % de niños pobres, en los grandes centros urbanos, pero que no es menor en la población rural.

El descenso en la calidad de vida de los argentinos es tan pavoroso que ninguno de los institutos de investigación social dependientes de universidades o de centros de estudios puede evitar registrarlos, como, por ejemplo, acaba de ocurrir con la Universidad de Belgrano, institución que no puede ser catalogada ni remotamente como “populista”, que determinó que los maestros argentinos perciben salarios de los más bajos del mundo, equivalentes a algunos países africanos.

Si a esto se agrega que de cada 10 puestos de trabajo que se crean en el país, 6 son precarizados, es una realidad que nos iguala con Haití y Sudán, no obstante lo cual es motivo de insistente elogio por parte de MM, que no se cansa de señalar la creación de 450 mil puestos de trabajo, en lo que va de su gestión, cuyas características se las guarda y tampoco señala con qué países se identifica hoy la Argentina, otrora paraíso de oportunidades para los trabajadores. Sin embargo, Cambiemos no está satisfecho con estos “logros”, de allí que enviaron al Parlamento el proyecto de reforma laboral para flexibilizar aún más las condiciones de trabajo que, por ejemplo, faciliten los despidos, los tornen más baratos para los empresarios.

Los despidos no cesan tanto en el sector privado como público. En el primer caso, empresas y fábricas con décadas de funcionamiento y otras creadas en la “década ganada” para abastecer al creciente mercado interno, bajan sus persianas y despiden a cientos de trabajadores. En tanto que en el sector público, el Estado desmantela sectores que se deben ocupar del control de calidad de productos, servicios, materiales, etc.; deja de prestar funciones de promoción, capacitación y desarrollo de actividades rurales, empresarias, turísticas, comerciales, de emprendedores, etc.; elimina servicios en educación, salud, cuidado del hábitat, etc. etc. etcétera.

Todo ello porque es creciente el déficit fiscal, ése que venían a corregir junto con la inflación de un plumazo, pero que lo único que lograron es agrandar todos los índices en virtud de las erradas políticas económicas financieras que, históricamente, terminaron en el más rotundo fracaso, pero que, también históricamente, sirvieron para enriquecer a los de siempre: La deuda externa y las LeBaC exigen su cuota mortal de dólares para pago de intereses.

Por eso, los argentinos no deben soñar con que estas políticas conduzcan a un buen puerto. Obviamente, a un buen puerto, a un final feliz para las mayorías. Este es un gobierno que sabe muy bien lo que hace: transferir la riqueza que se distribuía entre millones de trabajadores y sus familias –eso que tan despectivamente califican como populismo-, a manos de 2/3 mil familias-empresas que ganan fortunas, como las prestadoras de servicios públicos (luz, agua, transportes, gas), por ejemplo, que juntan con pala, a pesar de que es creciente el número de hogares que no pueden afrontar los pagos de las tarifas.