En una jornada caótica, el dólar subió casi dos pesos para alcanzar el nuevo record de 23,30. Frente a la aceleración de la corrida, el BCRA subió la tasa otros tres puntos y sacrificó 451 millones de dólares. Pero nada de eso alcanzó.

 

El Banco Central no le encuentra la vuelta. Las presiones cambiarias subieron en forma exponencial y la jornada de ayer fue caótica. El dólar minorista cerró en 23,30 pesos, con una suba del 8,3 por ciento, es decir de 1 peso y 78 centavos. El mayorista finalizó en 23 pesos, subiendo 1 peso y 80 centavos. La autoridad monetaria vendió reservas y subió 3 puntos la tasa de interés de referencia, hasta 33,25 por ciento, pero no pudo frenar la corrida. El viernes pasado ya la había elevado de 27,25 a 30,25 por ciento sin que tampoco tuviera efecto para evitar la devaluación. Las Lebac en el mercado secundario tocaron el 38 por ciento, unos 10 puntos más que la semana pasada. Es un rendimiento equivalente al de principios de 2016, cuando se liberaron los controles cambiarios y la economía comenzó a inundarse con el ingreso de capitales especulativos del exterior. Son los mismos fondos que en el último mes se fueron sin aviso del mercado interno y ahora el Central busca convencer con altas tasas para que vuelvan. En el Gobierno, aunque es cada vez más fuerte el rumor de reemplazo del ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, ningunean las tensiones económicas y afirman que el Central las tiene bajo control. No parece. La dolarización es estructural y frenarla subiendo las tasas de interés solamente es patear la crisis para adelante.

Los números de la corrida de las últimas dos semanas impresionan. El tipo de cambio pasó de 20,50 a 23,30 pesos, lo que equivale a una suba de 13,7 por ciento. Desde inicios de año la cotización aumentó 24,6 por ciento y en los últimos 12 meses ascendió al 49,4 por ciento. Sorprende pero el Central todavía considera posible cumplir la meta de inflación del 15 por ciento para 2018. Ayer insistió que su prioridad es cumplir ese objetivo a través de un comunicado de política monetaria. El directorio de la entidad se reunió por segunda vez en diez días por fuera del cronograma habitual para modificar la tasa de referencia. La elevó en 300 puntos básicos hasta 33,25 por ciento, cuando a inicios de abril era de 27,25 por ciento. “No se prevén depreciaciones significativas del peso en los próximos meses”, decía en otro comunicado la autoridad monetaria a mediados de abril, totalmente al margen de la estampida que se estaba gestando.

La decisión del BCRA impactó en las tasas de las Lebac, que volvieron a negociarse con un rendimiento del 38 por ciento. La cifra es idéntica a la que ofreció Sturzenegger cuando asumió su gestión. En la city indicaron a este diario que en el mercado van a generarse dos tipos de apuestas. Con el dólar a 23 y tasas del 38 por ciento algunos fondos se tentarán y volverán a las Lebac. Son los que piensan que el Central cambió la estrategia cambiaria y hoy dejó subir más de lo necesario el tipo de cambio. El objetivo sería, una vez tranquilizada la corrida, salir a vender divisas en cantidad para hacer bajar la cotización y castigar a los que compraron arriba de 23. El otro grupo de inversores, que son principalmente grandes fondos del exterior con capitales de riesgo en distintos países emergentes, apuestan diferente. Ante la debilidad económica del país endurecen la negociación y pretenden al menos 5 puntos más de tasa en pesos para traer sus capitales. Esto equivaldría a tener una de tasa de pases de 38 en lugar del 33 por ciento y las tasas de las Lebac por arriba del 40 por ciento.

La tensión económica es notable. No importa dónde se fije el nuevo piso de las Lebac. La meta de inflación del 15 por ciento y tasa de interés arriba del 38 equivale a ofrecer ganancias reales de casi 25 por ciento para que los capitales especulativos se interesen en el país. El riesgo argentino está en niveles muy altos. Incluso en 2016 tras unificar el mercado cambiario el rendimiento real de las Lebac fue menor. En estos dos años hubo un fracaso de la estrategia monetaria y cambiaria, lo cual se potenció en los últimos dos meses cuando se intentó manipular el dólar.

El Central comenzó a principios de marzo a intervenir en el mercado cambiario para mantener la cotización debajo de 20,50 pesos y cometió un grave error de diagnóstico. Supuso que sólo con reservas le iba a alcanzar para manejar el precio del dólar pero lo que hizo fue potenciar la expectativa de devaluación del mercado. A partir de ese momento sacrificó reservas internacionales en forma record, alcanzando a ofrecer picos de hasta 1472 millones de dólares diarios. En la jornada de ayer el Central intervino con 451 millones de dólares y acumuló ventas por 7839 millones en los últimos dos meses.

El peso fue la moneda que más se devaluó en lo que va de este año a nivel mundial. Los datos fueron publicados por la agencia financiera Bloomberg y muestran no sólo la falta de pericia del Central para manejar el dólar, sino el efecto nocivo de abrir la economía en forma indiscriminada a los flujos financieros internacionales. El menor optimismo de los inversores a nivel global llevó a que los países emergentes registren tensiones con sus monedas en los últimos meses pero ninguno anotó distorsiones en la magnitud de la Argentina. El dólar aumentó en lo que va del 2018 cerca del 25 por ciento, liderando un podio que se completa con la devaluación de más del 10 por ciento del rublo ruso y del 9 por ciento de la lira turca.

Los consultores argentinos son doctores en corridas y no dudaron en aprovechar este clima de incertidumbre cambiaria para difundir entre sus clientes (bancos, grandes empresas exportadoras, importadores, entre otros) los cálculos sobre cuánto debería costar el dólar y por qué. Son números sin importancia conceptual pero que vale la pena registrarlos porque marcan el ritmo de las expectativas de la city. Las consultoras más optimistas hablan de un dólar cercano a 24 pesos. Dicen que ese precio permitiría recuperar la competitividad cambiaria de abril de 2016, cuando el tipo de cambio se estabilizó tras la eliminación de los controles.

Las cuentas que hacen los consultores pesimistas son un poco más extremas. Suman igual que en la convertibilidad los pasivos monetarios y los dividen sobre la cantidad de reservas que tiene el Central. Se trata de otra forma de pensar la paridad del peso contra el dólar. Hay unos dos billones de pesos en pasivos monetarios (1 billón de base monetaria y 1 billón de Lebac) y unos 55 mil millones de dólares de reservas. Esto arroja una cotización de 39 pesos por dólar. Pronosticar que el dólar llegue a esas cifras es ilógico. Sería hacer futurología. Pero es claro que este dólar de convertibilidad, que es 16 pesos más alto que la cotización actual, marca las serias distorsiones del  mercado interno en términos macroeconómicos.

Las corridas cambiarias no son racionales y la Argentina experimentó más de una vez a lo largo de su historia situaciones de overshooting. Esta es la palabra que se usa en la jerga de los economistas para hablar de subas desproporcionadas del dólar como la del 2002, cuando hubo un salto inicial de 1 a 1,4 pesos  y al poco tiempo se disparó a 4. Parece difícil un escenario igual en el muy corto plazo con un Banco Central que todavía tiene 10 puntos del PBI en reservas y está dispuesto a seguir vendiéndolas casi sin miramientos. Pero el gran problema no es el dólar en mayo o en junio sino cómo se moverá en el mediano plazo y eso lo definen las falencias estructurales de la economía, que se vienen haciendo cada vez más profundas.

La Argentina no genera divisas genuinas por exportaciones ni por la llegada de inversiones productivas, tiene sobre dependencia de la deuda externa (imposible de mantener en el tiempo), se agranda el déficit comercial, aumenta la fuga de capitales, la inflación no desacelera y la tasa de interés volvió a ser una de las más elevadas del mundo en términos reales.  Es imposible que una economía crezca en forma sustentable en estas condiciones. La suba de la tasa puede generar una nueva llegada de capitales especulativos pero el resultado es un círculo vicioso. La lección es que estos inversores de corto plazo se cansan, aprietan un sólo botón de sus computadoras y se van sin mirar quién maneja el Banco Central ni el ministerio de Finanzas ni la Casa Rosada. Y para volver pedirán tasas mucho más elevadas que el 38 por ciento.

 

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