La Argentina sigue batiendo récords en el orden mundial: El viernes pasado fue el país que más devaluó su moneda en el mundo entero. Algunos ganaron mucho y las grandes mayorías perdieron mucho más. Por Silvia Torres

 

Desde el 11 de diciembre del 2015, cuando Cambiemos se hizo cargo del gobierno nacional, se liberaron todas las variables que controlaban la divisa que, por las características económicas de la Argentina, impactan sobre la vida cotidiana de los ciudadanos, tanto sobre el precio de los alimentos como sobre los combustibles, la vivienda, los servicios, etcétera.

Básicamente, la Argentina exporta lo que come, por lo tanto, la inexistencia de medidas para controlar tanto los precios internos como el comercio exterior dispara distorsiones que impactan sobre todo su sistema económico y, mucho más, teniéndose en cuenta de que es un país infiltrado por la cultura del dólar: En las grandes ciudades, con pocas excepciones, los bienes durables –inmuebles, automóviles, etc.-, se cotizan en la moneda yanqui, por lo tanto, quienes pretenden comprar esos artículos deben ahorrar o endeudarse en esa moneda.

Con la liberación total de la comercialización de la moneda extranjera, sumado a otras medidas como la no obligación de liquidarlas por las exportaciones de granos y minerales y la libre remisión de ganancias de las multinacionales a sus casas matrices, conforman un combo de difícil control, porque la Argentina no imprime dólares: debe adquirirlos vía deuda externa y, para ello, paga los mayores intereses en el mercado internacional.

En este sentido, la Argentina es el país que puntea el ránking de deudores en el mundo –¡sorprendente porque su endeudamiento es mayor que el de China!-, en tanto que la provincia de Buenos Aires se encuentra entre los 20 primeros estados, como si fuera una nación “soberana”, a pesar del generoso aporte que los jubilados le cedieron, vía pacto fiscal.

Este modelo económico-político-social no es nuevo en el país. Es más, se viene repitiendo dramáticamente desde los tiempos de la organización nacional, cuando se sobrepuso sobre el interés general el interés de la oligarquía, terrateniente, productora de materias primas, que presionó históricamente sobre el poder político para que sus decisiones y sus acciones estuvieran a su entero beneficio.

En todo caso, en este presente, la única diferencia con experiencias anteriores es que Cambiemos está conformado con la flor y nata de gerentes y empresarios de esa despreciable oligarquía, que llega al gobierno por el voto popular y que ya no tiene por qué presionar, por qué amedrentar a los gobiernos para que se la favorezca. Por ello, no debe llamar la atención que no se les mueva un pelo por la escandalosa devaluación de la semana pasada y que, con pasmosa aparición mediática, los dos responsables de la economía aseguren que no hay motivos de alarma, cuando se ve que los precios de los alimentos suben cotidianamente, los combustibles y los tarifazos están lejos de un techo y el descaro de los funcionarios insiste con una inflación anual de 15 %.

Tranquilidad cínica y descaro están justificados en el hecho de que la devaluación favoreció al presidente y a sus principales colaboradores con más de 60 millones de pesos de ganancias, conforme sus DDJJ. ¡Vaya una a saber cuánto fue el beneficio de los millonarios tenedores de dólares, que todos los argentinos deberemos pagar por generaciones, sin comerla ni beberla! En tanto, todo lo que implica respeto y consideración de los derechos del pueblo, se caen todos los días: Desocupación; disminución del poder adquisitivo de los salarios; caída de las inversiones en obra pública; aumento pavoroso de la tasa de interés de las LeBaC de 40 % son algunas de las tragedias que azotan las espaldas del pueblo argentino.