La última conmemoración del 25 de Mayo sirvió para que aflorara y tomara estado público la profunda grieta que afecta a la sociedad argentina: En el tradicional Tedeum, un Macri rodeado de su burocracia y aislado del pueblo; en la Av. 9 de Julio, una gigantesca multitud se dio cita en torno de la consigna “Defendamos a la Patria”. Por Silvia Torres

 

Las encuestas de todo tipo dan cuenta de la caída estrepitosa del Gobierno nacional presidido por Mauricio Macri en la opinión de la población, cuando ya lleva dilapidado casi dos años y medio de su mandato, con una cosecha no solo magra en cuanto a bienes, derechos y beneficios para el pueblo, sino exactamente todo lo contrario, violando así lo más esencial de la actividad política: bregar por el bienestar general.

Es por ello que no sorprende que el pueblo argentino, uno de los más politizados del continente, en virtud de su historia de vida y política que le permitió alcanzar niveles de concientización inéditos en otros países, haya podido concretar una movilización gigantesca, no convocada por un líder político específico, sino por un colectivo sindical, partidario, cultural y social, para poner de manifiesto un descontento que es sistemáticamente ninguneado por los mentimedios masivos de comunicación que, como se sabe, son voceros del oficialismo a cambio de suculentos montos de dinero en concepto de pauta publicitaria.

Fue una lectura correcta la de la dirigencia opositora de todos los ámbitos del quehacer humano, que convocó a la ciudadanía, interpretando la angustia que cunde en el estado de ánimo social, en virtud de la cada vez más acuciante situación económica, la inestabilidad laboral, la imparable escalada alcista de la inflación –ese flagelo que, en tiempos de campaña, fue definido por Macri como “lo más fácil de controlarse” y que solo un “gobierno incapaz” no podría controlarla-, la ausencia del Estado en el cumplimiento de sus funciones elementales, la represión, los abusos en el manejo de las finanzas, el endeudamiento externo y el reciente retorno de la Argentina como deudor del FMI, en condiciones de sometimiento, propias de las relaciones con el organismo.

Macri debió pasar uno de los momentos más desagradables de su vida presidencial durante el Tedeum, cuando debió escuchar duras palabras de la homilía y su total aislamiento popular como el de su séquito, sentimiento que se habrá acentuado al ver por la televisión la monumental movilización que tenía lugar a pocas cuadras de la enrejada Plaza de Mayo. Es una de las posibilidades, aunque también cabe la alternativa de teorizarse que, hombres como Macri, solo sienten delectación y goce ante el dinero, ante la riqueza y su multiplicación, si es posible, hasta el infinito.

Dejando estas elucubraciones de lado, lo cierto es que el 25 de Mayo de 2018 pasará a la historia como uno de los días en los que en la Argentina afloraron los dos proyectos de país, que se pusieron de manifiesto sin tapujos y separados por la famosa grieta, que tuvo su origen allá por 1810. Son las dos caras de un país que no logra encontrar un rumbo común, que satisfaga a las mayorías respetándoles el derecho de una vida con dignidad y que se compatibilice con la ambición de hombres que, como Macri, viven por y para ganar dinero. Éstos debieran de comprender que no pueden llevarse toda la riqueza de una nación para acumularla, siguiendo un impulso egoísta y rayano con lo delictivo. Porque esa voracidad provoca mucho dolor, mucha miseria, mucha indignidad, mucha injusticia y, por ende, mucha violencia, la misma que ya se desató en la Argentina y cuyas heridas aún no terminan de cerrar.