Ocurre en el mundo entero: El crecimiento del movimiento feminista como reacción contra la discriminación hacia la mujer, los femicidios y, en la Argentina, en favor de la ley que legalice el aborto, como una más de las intervenciones que hace la Salud Pública y que ocurre cotidianamente en condiciones clandestinas. Por Silvia Torres

 

Legalizar el aborto como una intervención que debe ser ejecutada entre los servicios que presta la Salud Pública, es más que una cuestión moral o de sentimientos y creencias religiosas. Es política de Salud Pública, ámbito donde, cuando un/a ciudadano/a, por una cuestión religiosa, se niega a recibir una transfusión de sangre y es respetado, también será respetada la mujer que requiere hacerse un aborto.

Es insensato pensar que alguien puede requerir un servicio de salud que no sea necesario, imprescindible para su bienestar. Incluso, cuando se trata de coquetas y pudientes señoras que caen en las garras del bisturí, por cuestiones meramente estéticas. Pero no es el caso de las miles de mujeres que recurren a los servicios clandestinos que hacen abortos en la Argentina, algunos con costos que van de 7 a 20 mil pesos y, otros, a los que recurren las mujeres de los sectores populares, que son gratuitos o donde hay que dejar lo que se puede, que no reúnen las mínimas condiciones de salubridad y provocan consecuencias no deseadas, que suelen culminar hasta con la muerte de la paciente.

Es por ello que la resistencia de ciertos grupos y/o personas –muchas con poder político-, a la legalización de esta intervención que, realizada en condiciones médicas adecuadas entra dentro de las calificadas como de cirugía menor y así se hace en los países en donde no está penada, merecen la sospecha de que no son pro-vida, como suelen autocalificarse, sino pro aborto clandestino y defienden un negocio millonario, que enriquece a un gran número de médicos y parteros con dineros en negro, que no se facturan ni entran dentro de circuito fiscal alguno. Es decir, tienen el mismo carácter del dinero que se obtiene con el narcotráfico, el contrabando o las compra-ventas no registradas.

La legalización del aborto no significa que todas las mujeres que se embarazan, queriéndolo o no, van recurrir a esa intervención. Solo se trata de despenalizar una cirugía médica que existe desde los orígenes de la humanidad, aplicable para las mujeres que así lo requieran, en tanto que las restantes, podrán continuar normalmente con sus embarazos/partos. Esta aclaración, que parece de Perogrullo, obedece al hecho de que, en los debates, es tal el nivel de distorsión, que pareciera que despenalizar implicaría que todas las embarazadas se harían abortos, en un proceso argumental similar al producido cuando se debatió la ley de divorcio, cuando quienes se oponían lo hacían agitando esa posibilidad.

Las multitudes que marcharon ayer en la Argentina ponen en evidencia que las mujeres –y los hombres que también acompañaron-, no se confunden con lo que se pide y se espera de los legisladores para seguir avanzando en la creación de condiciones de igualdad, libertad y fraternidad entre los géneros, que superen el machismo y el paternalismo que marcó la civilización capitalista y que tanto daño provocó en las posibilidades de desarrollo autónomo de las mujeres.

Sobre todo porque ese sometimiento tiene como expresión, dolorosa e inaceptable, la violencia y el femicidio, que alcanza cifras escalofriantes en el país y el mundo. Porque la mujer no deja de ser concebida como un objeto propiedad del hombre, sobre la cual se puede aplicar todo tipo de abusos.

Y es tan dramática la ideología, que basta con recordar que en una provincia del Norte, su gobernador –aspirante a presidente de la Nación-, impidió abortar a una niña de once años violada por su padrastro, a quien, además, puso a cargo de la víctima: el lobo cuidando a la oveja. O que una diputada nacional con mandato desde hace 20 años, oriunda de una provincia también norteña, pero representante en los últimos años de la CABA, afirmó que con la legalización del aborto se va conseguir que “las chicas de 12 o 13 años que tienen hijos en general del padre, de un tío o de un hermano… O de un patrón, o del hijo del patrón. Estoy hablando de las pobres mujeres del Norte. Ahora, a esas chicas, las van a llevar al hospital a abortar legalmente”. Interrumpida por el periodista diciéndole que ahora abortaban ilegalmente, la diputada dijo: “No, ahora tienen hijos”. En la pobreza y siendo niñas.

Con estas expresiones de Elisa Carrió quien, al igual que el gobernador Urtubey, no hicieron referencia alguna al delito de violación, del cual fueron y son víctimas las niñas que se embarazan, ponen en evidencia cuál es el sentido de la lucha contra el machismo, el paternalismo y la necesidad de bregar por la toma de conciencia contra la desvalorización de la mujer, mucho más, en su ñiñez y, mucho más, en la pobreza, como sujeto de todo derecho.