Con el retiro de la selección nacional de fútbol del campeonato mundial luego de su derrota ante el seleccionado francés, hay que volver a las cosas cotidianas teñidas por la debacle de la devaluación, la inflación, la fuga de divisas, la creciente pobreza y la caída del consumo. Por Silvia Torres

 

 

El espanto es la moneda corriente en la vida de los argentinos, a pesar del férreo blindaje mediático que oculta los hechos pero que, sin embargo, se padecen en la cotidianidad de las mayorías, que observan impávidas el despojo que afecta la calidad de vida ya no solo de los sectores vulnerables, a los que se les profundizó las dificultades para cubrir sus necesidades mínimas, sino también a los medios, cada vez más disminuidas sus posibilidades de consumo.

El dramatismo se acentúa cuando se conocen los números provistos por el Indec y por consultoras con suficiente seriedad, que dan cuenta de los escalofriantes números de la pobreza, la desocupación, el crecimiento de los precios de la canasta básica, además de las cifras de la deuda y la caída en las expectativas de los ciudadanos, con vistas a su situación económica y la del país, en el futuro.

No es para menos, si se tiene en cuenta de que la deuda externa cuando asumió la alianza macrista-radical  era 35 % del PBI, en tanto que, apenas treinta y un meses después, asciende a 83 % y que se debe abonar 50 mil millones de dólares solamente en concepto de intereses, de acá a diciembre del 2019, no siendo este lapso el que concentra la mayor cifra, ya que todo el proceso de endeudamiento tuvo en cuenta patear los más grandes vencimientos para los próximos gobiernos.

El endeudamiento solo sirvió para permitir y hasta incentivar una fabulosa fuga de divisas, lo que se comprueba con el cierre de fábricas y comercios, la importación de bienes de consumo y la total ausencia de bienes de capital, todo lo cual generó y seguirá generando un achicamiento de la actividad económica, que se alimenta con un proceso  incesante de despidos, que tiene al Estado como cínico abanderado, con el pretexto de que se debe “achicar el déficit fiscal”. El gobierno nacional despidió a 21 mil trabajadores, pero no logró reducir en un milímetro el déficit, sino todo lo contrario, en principio, porque el número de agentes públicos no es la causa del mismo y porque los despedidos son reemplazados por el ingreso de otros, con sueldos muchísimos más elevados.

Completan el combo del desastre macrista-radical el deterioro imparable de la moneda nacional, lo cual indica que los funcionarios económicos que integran el “mejor equipo de los últimos 50 años” tienen grandes dotes para fugar, lavar, constituir empresas offshore, etc., pero carecen de las más mínimas condiciones políticas y técnicas para domar a la divisa norteamericana. Claro que también cabe la sospecha de que, prendidos en la timba financiera imperante –que ya no son las LeBaC de las que se desprendieron tan oportunamente-, apuestan a la suba imparable del dólar que los favorece, así como también a sus negocios atados a las tarifas de servicios eléctricos y combustibles.

En tanto, se conoció que la Argentina ocupa el quinto lugar en el ranking de países con ciudadanos propietarios de empresas offshore, según documentos del FMI, en los que, además, se dispararon fuertes críticas sobre las mismas a las que definen como  una amenaza contra el sistema capitalista. Sin embargo, tales análisis y definiciones no fueron impedimento para que el organismo apruebe el crédito extraordinario por 50 mil millones de dólares, muchísimos de los cuales –sospechamos-, ya fueron –y continuarán yendo en el futuro-, a alimentar la fuga colectiva que deglute las subastas diarias del BC, que ya lleva consumidas 1.200 de los 7.500 millones de dólares, para 36 meses.

Entre medio, ocurrió un hecho que retrotrajo a imágenes del golpe de estado que derrocó al gobierno de Perón, en 1955: En pleno centro de San Salvador de Jujuy, policías y personas de civil procedieron a saquear, a plena luz del día, la sede central de la organización Túpac Amaru. Lo otro, que nos indica la continuidad de la pésima calidad institucional que caracteriza esta negra etapa en la historia argentina, es la manipulación de la justicia federal, esta vez sacando y poniendo jueces para actuar en el descabellado proceso por el memorándum con Irán.