Ante el tratamiento del proyecto de ley sobre la interrupción voluntaria del embarazo
en la Cámara de Senadores de la Nación, con media sanción en la de Diputados,
vuelve a retomarse el debate en la materia, con argumentaciones en contra que se
sintetizan en la defensa de la vida. Por Silvia Torres

 

Con argumentos como pro vida, a favor de la vida, a favor de las dos vidas, diversos
grupos manifiestan su oposición a la sanción del proyecto de ley que permite la
interrupción voluntaria del embarazo. Esto es, revertir un hecho ilegal, penado por la
ley, pero que ocurre clandestinamente infinita cantidad de veces, en: 1) Condiciones
más o menos seguras cuando la mujer que requiere la intervención cuenta con la suma
de dinero que exigen clínicas y consultorios médicos, en donde hay salubridad para el
hecho quirúrgico; 2) Cualquier lugar donde personas realizan abortos sin esas
condiciones, por poco dinero y a las que recurren las mujeres sin recursos económicos y
3) Auto intervenciones mediante el uso de instrumentos punzantes u otros.
Los servicios públicos de salud son los que se ocupan de los casos en que las mujeres
pobres se lesionan, a veces gravemente, por estas prácticas desesperadas, que hasta les
provocan la muerte o la esterilidad de por vida y, en este último caso, deben afrontar
procesos penales.
En el mundo, y en la Argentina, existe la interrupción del embarazo desde tiempos
inmemoriales. En el país, todavía en la clandestinidad y siempre por la resistencia de
sectores político-sociales, que se manifiestan de igual manera como lo hicieron en
oportunidad de la creación del registro civil, del divorcio vincular, la igualdad legal de
los hijos, etc. Y, en este caso, ¿vuelve a ser solo una cuestión ético-moral, de
preservar la sobrevivencia de un óvulo fecundado/feto, al que insisten en llamar
bebé/niño? ¿Es por una estigmatización –cultural, de dominación-, de la mujer, como
mero ser biológico atado a la maternidad, razón por la que, fuera de ello, nada es
posible, nada le corresponde y, ante un embarazo no deseado, lo mismo debe cumplir
con sus “obligaciones” biológicas, como si fuera un marsupial?
Para completar todos estos interrogantes, también hay que agregar otro factor que es
imprescindible tener en cuenta, pero que está ausente en los debates que se emiten por
los medios de (des) información, que es el factor económico, originado en un
gigantesco negocio, tan incalculable e impreciso como la cantidad de abortos que se
hacen en la clandestinidad y por los que se perciben entre 10 y 25 mil pesos, por cada
intervención, conforme sea la categoría de la clínica y del médico que la ejecute,
dineros que no se facturan y que, por lo tanto, no pagan ningún tipo de impuestos ni
de tasas.
Dinero negro similar al que maneja el narcotráfico, la fuga de divisas y que alimenta la
evasión. Son grandes sumas de dinero que, se presume, podrían utilizarse para sostener
fundaciones, asociaciones y hasta instituciones educativa, que salen al paso toda vez
que se pretende legalizar la interrupción voluntaria del embarazo, en condiciones de
salubridad y como parte de los servicios que debe prestar la salud pública –hospitales,
obras sociales, prepagas, etc.-, como ocurre en cualquier país del mundo con buenos
índices de desarrollo humano.
En esta oportunidad, las campañas “pro vida” coincidieron con hechos que
definitivamente atentan no ya contra la vida de óvulos fecundados y fetos, sino contra la

vida de niños nacidos: 48 % de los menores en la Argentina son pobres; 1 de cada 3
debe recurrir a comederos para alimentarse y las escuelas tienen ingentes demandas
alimentarias; hay serias dificultades para que los servicios de salud de los barrios
provean de las vacunas del calendario obligatorio y es cada vez más difícil acceder a los
servicios de pediatría y a medicamentos. La Universidad Católica de las Misiones, a
través de su Facultad de Medicina, convocó a movilizaciones en contra de la ley que se
analiza en el Parlamento, pero no hubo ninguna manifestación en contra de estos
hechos que afectan a la VIDA ya nacida, ya vigente, ya humana, ya niño.
¿A qué obedece semejante interés selectivo por la VIDA? ¿Por qué la vida de un ovario
fecundado/feto tiene más valor que la vida de un niño que exige niveles de atención y
cuidado? ¿Por qué tiene prensa el debate sobre este tema, en tanto se elude la situación
social de los sectores infantiles, al límite de la sobrevivencia? ¿Sería determinante,
entonces, el factor económico, para que un tema sea más meneado mediáticamente que
el otro? ¿Quién se sienta delante de los micrófonos y las cámaras de Tv a DEFENDER
LA VIDA de los millones de niños que tienen hambre, frío, que no reciben las vacunas
ni tienen el techo que merecen, ni la familia que pueda protegerlos, con los recursos
necesarios?