Ante los dos actos que conmemoraron la Independencia de las que fueron las Provincias Unidas del Río de la Plata y luego República Argentina, se puso en evidencia la crisis sobre ese concepto,  por parte del gobierno nacional, en contraposición con las gigantescas movilizaciones populares sin participación oficial. Por Silvia Torres

 

Desde la caída del Muro de Berlín, los países centrales bregan por imponer, entre otras cosas, un nuevo concepto sobre cómo debe interpretarse la independencia de los países, teniendo en cuenta la globalización y, sobre todo, el imperio del neoliberalismo. Dentro de ese marco, signado por la histórica dominación de países ricos sobre países pobres, de países imperiales sobre pueblos sometidos, es comprensible que pretendan borrar de la conciencia de las repúblicas emergentes –en su mayoría ex colonias-, el concepto de independencia como una idea caída en desuso, aduciendo que su ejercicio es de imposible cumplimiento.

En la Argentina, esa puja conceptual y fáctica cobró honda significación en las dos últimas conmemoraciones centradas en el concepto de Independencia nacional: el 25 de Mayo y el 9 de Julio, cuando las autoridades nacionales, con eje en el Presidente de la Nación, solo participaron de tradicionales ceremonias religiosas en la más absoluta soledad popular y, también, hubo ausencia de las autoridades nacionales el 20 de Junio, en la ciudad de Rosario, sede de la creación de la Enseña Patria, el insigne distintivo de la nacionalidad.

Todo ello, mientras las multitudes se congregaban bajo consignas con profundo contenido político, referidas a la existencia de la Nación, a la vigencia de la Patria como el lugar que cobija y alberga, a la necesidad de recuperar los instrumentos políticos que posibilitan la creación de condiciones de vida dignas para todos y, en este último 9 de Julio, se sumaron fuertes consignas para rechazar el “acuerdo” firmado con el FMI, que no es otra medida más que para profundizar el endeudamiento, el sometimiento del país a condiciones de feroz ajuste, en definitiva, a pérdida de su independencia para tomar decisiones que favorezcan su crecimiento y la distribución equitativa de la riqueza.

En tanto, Mauricio Macri y una pequeña parte de su gabinete asistía a un acto formal y despojado de toda connotación nacional y popular, en San Miguel de Tucumán, lugar donde el Congreso de 1816 había declarado la Independencia de la corona española, por las insistentes presiones de José de San Martín, que organizaba el Ejército de los Andes, en Mendoza y por Manuel Belgrano, desde Buenos Aires. Allí, totalmente aislado del pueblo que solo pudo llegar a 300 metros del acto donde dejaron volar globos negros, Macri estuvo rodeado de densos cordones de gendarmes, hizo un discurso cargado de metáforas intrascendentes y no poco lamentables, como comparar al país con una nave que atraviesa una tormenta, en momentos en que desde hace unos días los familiares del desaparecido ARA San Juan protestan encadenados en Plaza de Mayo, por la inacción gubernamental.

Sería importante que nadie se confunda en relación con la situación de la Patria y el proceso de sometimiento y entrega que encara el gobierno central, perfeccionando todos los instrumentos que condicionarán a los futuros gobiernos que tengan la voluntad de torcer el destino de pobreza y concentración de la riqueza, mediante el desarrollo de sus potencialidades económicas, lo que significa la pérdida de soberanía y de independencia en la toma de decisiones.

Es decir, se ha instituido en la Argentina el sueño de los países centrales que predican que es innecesario e imposible que los pueblos puedan hacer uso de su independencia para la construcción de sus propios destinos y, en esos procesos,  necesitan contar con la connivencia de las clases dominantes, con las que se asocian política y económicamente para compartir las gigantescas ganancias que se logran con la concentración de la riqueza, como es claro que ocurre en la actualida