El uso y la apropiación del espacio público es un aspecto central a la hora de construir identidades nacionales, regionales o locales. El caso de la ciudad de La Rioja. Por Pablo Camogli

 

El uso y la apropiación del espacio público es un aspecto central a la hora de construir identidades nacionales, regionales o locales. El nombre de una escuela, una plaza o una calle no tiene nada de ingenuo, sino que responde a un objetivo pedagógico muy claro y específico: reflejar en el mundo que nos rodea una concreta interpretación del pasado y de los personajes y valores que deben servirnos de ejemplo.

La generación del ’80, aquella que construyó la Nación Argentina a su imagen y semejanza, hizo del espacio público un espejo de sí misma. De esa forma, perpetuó a su panteón de próceres en el tiempo y los convirtió en el cotidiano urbano para los habitantes de todas las ciudades del país. Mitre, Sarmiento, Rivadavia, Lavalle, Avellaneda, Roca, son solo algunos de los ejemplos de nombres que abundan en nuestras ciudades. Ahora bien ¿esos nombres, nos representan a nosotros? ¿Nos reflejan como colectivo social?

Todo es política

Del 30 de junio al 9 de julio se realizó en la ciudad de La Rioja la feria del libro de aquella provincia, quizá la más importante que se lleva a cabo en el interior del país. Más interesante resultó conocer la política pública de reapropiación del espacio público que se viene haciendo en La Rioja, desde la década de 1960 y que en el último lustro tuvo dos hitos fundamentales: la construcción de dos enormes monumentos dedicados a Facundo Quiroga y a Ángel Vicente “Chacho” Peñaloza.

Las obras están dedicadas a dos de los caudillos populares más importantes del siglo XIX en la Argentina y fueron realizadas por el escultor boliviano Juan García Guzmán. La de Facundo es abrumadora. El “Tigre de los llanos” aparece montado sobre las patas traseras de su caballo, con una lanza en la mano a punto de acometer contra el enemigo. La actitud de combate y la bizarría reflejan no solo la bravura del homenajeado, sino el drama de la época, cuando los unitarios porteños pretendían imponer a sangre y fuego su proyecto centralista de país.

El proyecto de las esculturas monumentales se completará, en breve, con una dedicada a Felipe Varela, caudillo de origen catamarqueño que impulsó la unidad latinoamericana, como parte del proyecto popular y federal.

Pero esta es tan solo la última etapa de la redefinición del espacio público emprendida por los riojanos. En la década de 1960 se comenzó a modificar el nombre de los departamentos, que homenajeaban a los unitarios y liberales porteños como Lavalle o Vélez Sársfield. Luego, fue el tiempo de las plazas y las calles, de donde se quitaron las referencias a Sarmiento, quien fuera director de la guerra contra las tropas lideradas por Peñaloza, General de la Nación, vilmente asesinado cuando ya se había entregado prisionero.

 

El caso misionero

Desde hace años que venimos bregando para que los misioneros se apropien del espacio público. Desde casos absurdos, como que nuestra capital se llame Posadas en homenaje al Director Supremo que en 1814 cercenó la autonomía de Misiones, hasta las notorias ausencias de José Gervasio de Artigas o Juan Domingo Perón entre nuestros 76 municipios, cuando fueron los únicos dos líderes nacionales que reconocieron nuestro derecho a la soberanía, mucho hay para revisar en el uso y la denominación de nuestro espacio público.

Quizás el caso emblemático sea el de la Av. Mitre de Posadas, que es la que recibe a los hermanos paraguayos cuando ingresan a la Argentina. Mitre fue el ideólogo y ejecutor de la guerra del Paraguay, que acabó con el genocidio del hermano país, además de impulsar una campaña de exterminio contra los opositores políticos a su régimen. En 1904, las autoridades del Territorio Nacional de Misiones decidieron que esa arteria principal de la ciudad debía llamarse Mitre, ¿por qué los misioneros del siglo XXI no tenemos el mismo derecho para renombrarla?

Pero también podremos preguntarnos qué han hecho por Misiones personajes como Rivadavia, José María Paz, Lavalle o Colón. Estos nombres reflejan una interpretación historiográfica válida, pero que nada tiene que ver con nosotros. Ya es tiempo de hacer como los hermanos riojanos, o como los pampeanos que cambiaron el nombre de la avenida Roca y le pusieron San Martín. No se trata de reescribir la historia, sino tan solo de rodearnos de nombres, personajes y valores propios de nuestra historia y nuestra cultura.