Ocurre lo que dictan los manuales: En un país donde no se “fabrican” dólares, es suicida liberar la circulación de la divisa, sobre todo en un país culturalizado por experiencias financieras al servicio de la timba, pero nefastas para las mayorías. Por Silvia Torres

 

La especulación financiera es uno de los deportes predilectos de los poderes fácticos en la Argentina. Toda vez que el neoliberalismo agarra la manija, la mayor de las veces en la historia nacional, se pone la economía al servicio de enriquecer a los más ricos de adentro y de afuera, porque se renuncia a la dura lucha por el desarrollo de las potencialidades nacionales, incluidas las que se refieren a su población.

Es la herencia de la vieja colonia, adobada por los instrumentos con que cuenta el establishment, que otrora tenía la forma de tanques y fuerzas armadas a su servicio y hoy hace uso y abuso de la televisión, que penetra a los hogares sin pedir permiso y siembra su prédica cotidianamente, durante las 24 horas, sin que haya ningún tipo de limitación ni de control de calidad. El relato de los medios, que siempre se funda en la “guerra a la corrupción”, refuerza la ideología conservadora-liberal, fuertemente arraigada en la conciencia social –no solo argentina, sino de todo el continente-, a través de la educación que no logra despojarse de esos lastres, a pesar de temporarios y aislados esfuerzos al respecto.

Lo cierto es que de nuevo los argentinos clase medieros –y la mayoría de los conductores y panelistas de la Tv-, “se sorprenden” por la disparada del dólar, que copó las mesas de debates de todos los canales. Pero hay que decir que no es más que un caos anunciado, desde el momento mismo en que el gobierno de la alianza macrista-radical eliminó el mentado “cepo” cambiario, impuesto durante el gobierno anterior, precisamente para evitar este colapso.

Claro que un “cepo” al dólar es como evitar que el neoliberalismo respire y el endeudamiento externo es la condición indispensable para sostener el modelo, que solo apunta beneficiar a que unos pocos –exportadores de granos, grandes pool de siembra, mineras, energéticas y algunas más-, para que puedan acceder a los verdes y fugarlos, sin ningún tipo de impedimento. En síntesis, ellos se llevan los dólares y el pueblo argentino deberá pagarlos. ¡Vieja historia! Desde Rivadavia en adelante y, por eso, merecedor de que la avenida más larga del país lleve su nombre en la CABA y que no hay ciudad, pueblo y/o paraje que no tenga una calle o una escuela con su nombre. Tanto se repite la historia, que este paradigmático endeudar usó argumentos casi idénticos al actual, para eliminar a quien quisiera hacerle sombre: en aquella oportunidad se la agarró nada menos que con San Martín, a quien lo despojó de todo apoyo en la lucha por la independencia, lo acusó de “corrupto” y se lo amenazó con la prisión, razones que obligaron al Libertador a exiliarse hasta su muerte.

El proceso neoliberal tiene su cuello de botella, porque, como bien se dijo ut supra, la Argentina no “fabrica” dólares y los buitres que, por un lado, los fabrican y, otros, que los acumulan, ponen límites (como es lógico, porque en ese ámbito, ninguno come vidrio). Llegado a ese punto, se desata la hecatombe: los dólares no son suficientes, la puja de los ávidos requirentes se torna en presión para la suba y quienes pueden adquirirlos –en esta semana las mayores compras rondaron los 2 millones de dólares-, no los guardan en una cuenta bancaria, sino que, mayoritariamente los fugan.

Este es el proceso que se repite una y otra vez en la Argentina, ni bien se asoma la cabeza del submundo del hambre, de la miseria ¡y de la deuda! Para que, vía dictaduras o vía el voto popular, se vuelva al fondo del oscuro túnel de la deuda. ¿Qué otra cosa se puede hacer más que esperar que ocurra un milagroso cambio? No sé… En todo caso, si querés llorar, llorá.