La culpa de nuevo es de este país y de este pueblo derrochón que disfrutó de “vivir en una burbuja”, conquistando derechos que no se condicen con el país con el que sueña la oligarquía. Los pecados hay que pagarlos en tierra, según la esencia del mensaje de Macri, para alcanzar el Paraíso, después de un baño de miseria, de hambre y de sufrimientos. Por Silvia Torres

 

Hace casi tres años que gobierna la alianza macrista radical y el mensaje del presidente Mauricio Macri volvió a sonar como pastor de iglesia Pare de Sufrir, por la entonación del discurso, los suspiros, la teatralización inspirados en esas formas de declamar. En cuanto al contenido, de nuevo Macri vuelve a repetir su constante latiguillo: Yo no fui, fue el despilfarro anterior, la tormenta, Turquía, las tasas de interés yanquis, la guerra comercial, los cuadernos y todos los argentinos por no mostrar una férreaunidad ante el cambio”.

Los treinta y tres meses que lleva al frente del gobierno nacional –se supone que para gobernar-, junto al “mejor equipo de los últimos cincuenta años”, no sirvieron para corregir, como decían en el discurso de campaña, de los malos efectos de lo que después fue calificada como la “pesada herencia”. Esa que estaba conformada por beneficios y derechos adquiridos y ejercitados por todos los sectores sociales de la Argentina –incluido al que pertenece Macri, o sea el de los grandes empresarios prebendarios del Estado-, que logró posicionar a la Argentina como país líder de América en virtud de su desarrollo económico, científico y tecnlógico y, tampoco, logró crear los mecanismos para impedir que un estornudo en cualquier lugar del mundo, infecte con neumonía al país que él gobierna.

Macri, de nuevo, eludió la autocrítica, excepto cuando se refirió a que todas las decisiones tomadas por su gobierno y las leyes aprobadas son responsabilidad coparticipada con los gobernadores del país, ya que ellos aportaron los votos necesarios en el Parlamento, en donde Cambiemos no tiene mayoría en ninguna de las cámaras. Por lo tanto, pidió “madurez” a los argentinos, tanto por la tendencia a “resistirse a los cambios”, como por adjudicarle todas las responsabilidades al gobierno central. Acto seguido, enumeró las acciones que su gobierno encara para contrarrestar los efectos del ajuste: para el aumento exponencial de la pobreza habrá un refuezo para las AUH y continuarán los créditos de la Anses; para reducir el déficit, se eliminan nueve ministerios y para aumentar la recaudación, se reponen retenciones a las exportaciones.

Con método de bombardeo, Macri quiere achicar el Estado (“para agrandar la Nación”, decían los militares genocidas), eliminando de un plumazo nueve ministerios –alguno de ellos imprescindible para el desarrollo de una Nación, como Salud y Trabajo-, que dejará su secuela de desocupados. En tanto que la aplicación indiscriminada de retenciones a las exportaciones, sin anestesia y sin un análisis pormenorizado de sus efectos, afectará negativamente a las economías regionales, como la maderera, la tabacalera y la tealera, en Misiones.

Estuvo lejos el Presidente de rosar siquiera la realidad de la Argentina, por efecto de las políticas implementadas por su gobierno que, no por originales, son menos nefastas. Lo cierto es que están destruyendo la Argentina, pulverizando la matriz productiva; están multiplicando la desocupación y la pobreza; prostituyen al poder judicial con una perniciosa injerencia y cotidianamente violan el estado de derecho.

Eso no lo dijo y tampoco dijo que el déficit fiscal argentino no es por los gastos que ocasiona el sostenimiento de las obligaciones indelegables del Estado, sino por el pago gigantesco de los interés de la deuda, que su gobierno contrae desde el momento que asumieron, porque en vez de trabajar y producir, Macri y su equipo decidieron enriquecerse fácil, cómoda y rápidamente con la fuga de divisas, que la Argentina no “fabrica”.

Los 54 mil millones de dólares fugados en los treinta y tres meses de gobierno macrista-radical más los intereses que habrá que pagar, son cifras muchísimo más gigantescas que los sueldos de científicos, técnicos, profesionales, etc.; los medicamentos, las vacunas, las inversiones productivas y para sostener el trabajo de los argentinos; la coparticipación a provincias y municipios; la obra pública, etc. que el Estado nacional está obligado a proveer por mandato constitucional.

Puede revolear cuadernos, remover el pasado, incidir sobre jueces y agitar todo tipo de maniobra espuria para distraer, pero lo que no puede hacer es negar que el cambio en la dirección de la economía, en la generación y reparto de la riqueza en la Argentina es la obra de su gobierno. Cuando dice “yo no fui”, no está haciendo otra cosa que emitir una nueva, entre tantas, de sus cínicas mentiras.