Mientras se acentúa la caída del poder adquisitivo de los ingresos, aumenta la desocupación y los niveles de pobreza, los conflictos sociales se acentúan en paralelo con hechos de represión y muerte. Si enloquece el presidente, puede ser peor. Por Silvia Torres

Mientras el presidente Mauricio Macri afirmó, en un bien montado timbreo en Mendoza que, en lo que más trabaja es en no volverse loco, “porque si me vuelvo loco les puedo hacer mucho daño a todos”, la Argentina es noticia casi semanal en medios de prensa internacionales de occidente y no por hechos auspiciosos, sino todo lo contrario: Los periódicos auguran tiempos catastróficos en lo económico social y publican informes de consultoras internacionales que dan cuenta de que el país está en los primeros puestos del endeudamiento externo, la devaluación de su moneda y el creciente empobrecimiento de su población, tres combos inescindibles uno del otro en el modelo neoliberal a ultranza. Así, la Argentina macrista-radical desbancó de las noticias y títulos catástrofe a Grecia, Turquía, Kenia o Sudáfrica, lo cual patentiza aquel propósito primigenio de “colocar al país en el mundo”, tantas veces repetido por Macri como latiguillo de campaña.

La escandalosa disparada del dólar -provocada por una fuga que figurativamente pudiera representarse con la imagen de una sangría incontenible y que, hasta julio, alcanzó los 54 mil millones de la moneda verde-, pone en situación de sumo riesgo a las reservas netas del Banco Central que, según la palabra del insospechado Miguel Ángel Broda, es apenas de 16 mil millones, ya que otros 27 mil millones corresponden a depósitos de privados en bancos. Si se tiene en cuenta que desde abril pasado se perdió un monto igual al primero para sostener la divisa que, no obstante, se sobrevaluó en 60 %, es evidente la fragilidad del sistema financiero nacional.

El gobierno nacional, siguiendo las instrucciones del FMI, diagnostica que el mal radica en el déficit primario y no en la falta de dólares que azota sistemáticamente a la economía argentina, agravada a límites suicidas por la liberación total de los controles de cambio y la no obligación de liquidar las divisas por parte de los exportadores, carencia que fue sostenida en un principio de la gestión por el gigantesco endeudamiento, pero que, al momento de entrar en crisis ese recurso, pone al país al límite del default.

Esta política económica que no puede considerarse novedosa y desconocida para el pueblo argentino, sino todo lo contrario, provoca el actual estado de acentuada conflictividad social, alimentada por el pavoroso aumento de los alimentos, la desocupación, la caída en desuso de las paritarias para mantener el poder adquisitivo de los salarios, todo lo cual alimenta la inflación y el estancamiento, o sea, la temida estanflación tantas veces meneada por el macrismo-radicalismo durante el gobierno K, pero que, finalmente, fueron ellos quienes lograron concretarla como situación imperante en el país.

Un estudio de mercado da clara cuenta de la caída del poder adquisitivo del bolsillo de los argentinos: Con un sueldo mínimo, cuánto se podía comprar en 2001 (durante la dramática crisis de ese año), en el 2010 y en el 2018:

Pan: 100, 241 y 118 kilogramos, respectivamente. Yerba x 500 g: 173, 328 y 148 kilogramos respectivamente. Leche x 1 litro: 305, 490 y 368 litros, respectivamente. Aceite x 1,5 litro: 120, 290 y 108 unidades, respectivamente. Arroz x 1 kilo: 140, 183 y 155 unidades, respectivamente. Fideos x 500 gr: 150, 243 y 201 unidades, respectivamente. Asado x kg: 58, 102 y 75 kilos, respectivamente.

Baja el consumo por aumento de la pobreza y la caída del poder adquisitivo. La realidad se manifiesta en los primeros saqueos y ruidazos en varios puntos del país, con el agravante de la muerte de un niño de 13 años, en la provincia del Chaco. Hechos por ahora aislados, pero que son la punta del iceberg que da cuenta de la dramática situación social.