La designación de Carlos Rosenkrantz al frente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación es un nuevo paso para consolidar la hegemonía del establishment, en el manejo de la cosa pública y provoca una seria lesión al sistema democrático. Por Silvia Torres

 

Por si algo faltaba para generalizar las certezas en torno de la construcción hegemónica del establishment, la designación de Carlos Rosenkrantz al frente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación viene a confirmar esa tendencia. El establishment coronó al cortesano más comprometido con sus intereses y menos respetuoso de la ley, desde el momento en que aceptó ser designado para integrar la Corte por un decreto presidencial, lo cual disparó el espanto político y social que llevó a Mauricio Macri a dar marcha atrás y someter su pliego a la consideración del Senado, en donde cosechó 58 votos favor, ¡a pesar de todo! Fue un equívoco aporte de los representantes del pueblo y de las provincias para la consolidación de la afrenta y la destrucción de la República que, obviamente, tuvo su inicio en el triunfo electoral de Cambiemos y que, parece, nadie puede impedir.

El abogado, con especialización en universidad yanqui, fue un conspicuo integrante del estudio jurídico porteño que también lleva su apellido -como para que no hayan dudas ni confusiones-, que defendió los intereses del Grupo Clarín y de muchas empresas oligopólicas y multinacionales, especialmente en casos de litigio en contra del Estado. O sea, intereses particulares en contra de todos los argentinos.

Ni bien llegado a la Corte, Rosenkrantz se ocupó de diseñar el 2×1 para favorecer a los genocidas condenados por delitos de lesa humanidad, se pronunció en contra de la reforma de la Constitución de 1994 y de la vinculación del derecho con los pactos internacionales que, como se recordará, tienen rango constitucional. Es decir, el hombre añora el retorno a los tiempos de la justicia infame, al servicio del poder económico sin importar las normas de la república y de la democracia.

Pero no es el único síntoma purulento que azota a la Argentina: se sucede la situación de presos políticos, se acentúa el ajuste en sintonía con el endeudamiento externo, se consolida la decrepitud del mercado interno, se repiten los asesinatos con participación de fuerzas de seguridad, aparece el primer caso de secuestro y tortura de una docente comprometida con la resistencia, se masifican las denuncias de ciudadanos de a pié sobre la presencia de soldados sionistas y yanquis, en la Patagonia.

En materia económica, el dramático achicamiento de la economía que se expresa en la reducción de recursos para provincias y municipios, en la caída de la actividad industrial, comercial y de servicios que tiene su rostro más doloroso en la desocupación y las suspensiones de trabajadores crean una situación de contundente fracaso de la alianza macrista-radical gobernante, con vistas a las elecciones del año próximo. Por ello, no se descarta que el FMI haga efectivo el pedido de adelantamiento de las remesas del crédito acordadas para el 2020 y el 2021, de tal manera de regar con dólares el mercado y descomprimir la situación económica social durante el año electoral. A partir de diciembre del 2019 y agotados esos recursos, ¡a bajar la persiana y apagar la luz!

Como si todo este panorama de flagrante desprecio por el interés superior de un país, desde el imperio del norte, anuncian como “favorablela instalación de una nueva convertibilidad, aquel instrumento nefasto que permitió la fabulosa fuga de divisas que, hoy por hoy, ya no tiene límites y que, en aquellos aciagos años de los noventa y principios de siglo provocó los luctuosos episodios del 2001, con más de 30 muertos en las calles argentinas.

En nombre de la gobernabilidad, la mayoría de la dirigencia política no atina a poner un freno a semejante descalabro. La gobernabilidad y la institucionalidad, por tratarse de sendas condiciones de la democracia, debe ser considerada y respetada, pero en la misma magnitud en que el gobierno macrista-radical no tuvo empacho en bastardear su discurso de campaña y denigrarlo a nivel de cinismo y de mentira, para hacer exactamente lo contrario.

Como en el ajedrez o en las damas, el establishment coronó a un hombre de su servicio al frente de la CSdeJ, en un nuevo paso avasallador de la Constitución y la ley, para asegurar el sometimiento a su histórica, ambiciosa y siempre desmedida avaricia. Solo que la Nación Argentina, ¡no es un juego!