La devaluación es un signo de la época y no solo afecta la moneda, sino a las instituciones de la democracia y de la república. El tratamiento de un presupuesto dibujado e improbable de ser cumplido, es una de las muestras. Por Silvia Torres

 

En medio del caos económico social imperante, la devaluación de la moneda con el marco de un gigantesco endeudamiento es uno de los símbolos de época. No es lo más grave, ya que el deterioro de las instituciones democráticas y republicanas pone en jaque la convivencia social y retrotrae al país a tiempos decimonónicos, cuando se imponía el poder del más fuerte y se sometía a toda la sociedad al interés de ese poder, que se sintetiza el establishment.

En un verdadero trabajo de zapa, el gobierno nacional -que se apoya en una coalición de poderes hegemónicos (económicos nacionales e internacionales, mediáticos, empresarios, políticos conservadores y liberales, etc.)-, comenzó por destruir una posible unidad nacional en pro de resolver los grandes problemas, que no lograron superarse durante los años de la reconstrucción K. En ese proceso, comenzó por construir enemigos internos para distraer la atención popular del incipiente deterioro económico, un recurso que solo cambió paulatinamente de destinatarios y se cobró varias víctimas en manos de las fuerzas de seguridad: primero, la guerrilla mapuche iraní venezolana, para pasar luego a maestros organizados y en rebelión, por el desmantelamiento de la escuela pública y, siempre, el kirchnerismo como telón de fondo de todas las protestas.

En medio de esa persecución, aparecieron los presos políticos y la pretensión de disciplinamiento social, mediante la feroz represión instrumentada para estrenar la batería de armas y elementos adquiridos en el primer año del gobierno, sumado a la incorporación de gendarmes, prefectos y del ejército a las fuerzas que deben ocuparse de la seguridad interna. Esta virtual militarización del país, se agrava con las reiteradas denuncias de ciudadanos de a pie sobre la presencia de fuerzas militares sionistas-yanquis en algunos lugares estratégicos de la Nación.

La sucesión de ajustes sobre la economía nacional afectó primero seriamente las partidas destinadas a salud y educación, que impactaron sobre la provisión de prestaciones y coberturas de medicamentos para jubilados, pensionados, discapacitados y población general. Los recortes también se dirigieron al sector del trabajo, afectando las Repro (Programa de Recuperación Productiva), recientemente la eliminación del Fondo de la Soja, más de mil millones de dólares anuales que se distribuían directa y cotidianamente a provincias y municipios, en tanto que el presupuesto del año próximo establece la eliminación de las partidas destinadas a la tarifa social, cuando ya pasaron a la historia los subsidios de las tarifas de servicios de luz, gas y agua que se aplicaban directamente en las boletas de los consumidores, aunque se conservaron las que van directamente a las empresas prestadoras y, también, los fondos para inversiones en obra pública, en ciencia y técnica, en desarrollo productivo e industrial.

La caída de la recaudación, la no obligación de liquidar exportaciones y la fuga de divisas conformaron el combo que vació la caja del Estado, a pesar del endeudamiento que, al llegar a su límite, obligó caer en manos del FMI. Con ello, la devaluación del peso fue in crescendo, al mismo tiempo que la devaluación del poder judicial por su sometimiento al poder político, con decisiones lindantes a lo absurdo y, sobre todo, a lo ilegal, para procesar a figuras de la oposición ligadas al kirchnerismo, como seis procesamientos contra Cristina Fernández de Kirchner, acusada de presidir otra de las cuatro asociaciones ilícitas, gracias a un escrito firmado por el disparatado juez federal Claudio Bonadío.

En poco menos que tres años de gestión queda poco en pie en una república azotada por la voracidad del establishment, sostenida por el poder político que gobierna e impone su destrucción a provincias y municipios. Queda apenas alguna reserva moral en el Parlamento y en un pueblo que despierta por la realidad que lo golpea cotidianamente y que, aparentemente, espera con expectativas la próxima encuesta irrebatible que serán las elecciones del 2019, para sanar los efectos del presente estado de destrucción