Con vistas a las elecciones presidenciales en Brasil, cruciales para toda América del Sur y el Caribe, las encuestas de O’Globo definen 10 puntos arriba al candidato de la ultra derecha, mientras que a Lula le impiden hasta la visita de una periodista. “Las nuestras son más hermosas”, dijo el hijo del militar candidato, en un acto de mujeres. Por Silvia Torres

 

Con discriminaciones de tipo nazi-facista, la campaña electoral en Brasil transcurre por carriles harto antidemocráticos: El candidato con mayor intención de votos fue impedido de participar, está preso por una causa insólita, aislado en una celda con visita permitida solo una vez por semana, aunque sean nada más y nada menos que premios Nobel, políticos de prestigio internacional, filósofos, sacerdotes, hombres de la cultura, etc. etc. de todo el mundo, que van en peregrinación a la cárcel de Curitiba, para ver por unos pocos minutos al ex presidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva, víctima de una campaña despiadada por parte de los poderes fácticos, que tiemblan con la sola idea de su regreso al poder.

Por una sola razón: Lula pretendió el desarrollo autónomo de todo el extraordinario potencial del gran gigante sudamericano y distribuir esa riqueza, que floreció con sus políticas soberanas y alianzas estratégicas. En pocos años, 40 millones de brasileños dejaron de ser pobres, ascendieron a la clase media y usufructuaron los bienes del trabajo digno, de buenos salarios, de educación, salud, viviendas dignas, etcétera.

Desalojada del poder su sucesora, Dilma Rousseff, la persecución oligárquica imperial continuó con un proceso judicial a todas vistas insólito, gracias a un juez formado para esos efectos en los EEUU, junto con la amenaza de carpetazos contra los camaristas que intervinieron, mientras los cortesanos aún no atinan a expedirse para concluir el proceso.

Lo cierto es que, desatada la campaña electoral, Lula –quien presidía por lejos las encuestas-,  fue detenido, aislado e impedido de emitir mensajes televisivos ni de ser entrevistado por periodistas, mientras el Partido Trabalhista trataba de mantener su candidatura hasta último momento, pero finalmente reemplazado por quien fuera su ministro de Educación, Fernando Haddad, responsable de la revolución educativa petista del Brasil.

El contrincante es Jair Bolsonaro, un militar ultra conservador rayano con el fascismo, misógino, xenófobo, homofóbico y que gusta hacer demostraciones y verter expresiones violentas contra la oposición: “hay que desaparecer a los petralla (petistas)”. No fue la única expresión que debiera espantar a cualquier ciudadano aferrado a las normas democráticas y republicanas. La crónica periodística registra otras, como por ejemplo haber dicho: “Estoy de acuerdo y felicito a quienes torturaron a Dilma Rousseff”, mientras tenía lugar el impeachment contra la ex presidenta; “jamás tendría  un hijo gay porque soy un buen padre”; “el error de la dictadura brasileña fue solo torturar y no matar, como hicieron los argentinos con los treinta mil”, en tanto que una periodista que lo entrevistaba recibió este exabrupto: “a vos nunca te violaría porque sos muy fea”. Sembró vientos y cosechó tempestades, ya que fue atentado con un puntazo en el estómago, del cual está convaleciente.

Además del establishment económico, de grandes sectores militares y del poder judicial, el otro factor determinante en este deteriorado proceso electoral brasileño es el rol de los medios hegemónicos encabezados por el grupo O’Globo, el gigantesco multimedio que moldea la cabeza de los brasileños y que esta semana se abocó a mostrar una y mil veces las confesiones de Antonio Palocci, ex ministro de Economía en el primer gobierno de Lula, en el marco de la “delación  premiada”, que las había vertido con el objeto de obtener mejoras en las condiciones de su detención y descongelar su patrimonio, que fueron rechazadas por el Ministerio Público en virtud de la inconsistencia por “falta  absoluta de pruebas”, en abril pasado. Declaraciones sin valor judicial alguno, pero muy útiles para hacer propaganda política en contra del PT, mientras que con la misma dedicación y esmero se ocupan de esconder, reinterpretar y pulir los dichos del candidato ultramontano.

Miles de mujeres se movilizaron en decenas de ciudades brasileñas el último fin de semana apoyando al PT, al grito de “Ele nao” (él no), precisamente como una reacción contra la misoginia de la fórmula Bolsonaro-Mourao, ambos militares, ambos producto de la más rancia cultura ultraconservadora, aliada al imperio del norte. La respuesta no se hizo esperar y también este sector hizo una gran movilización, en Sao Paulo, bajo la consigna “Ele sí”, donde uno de los hijos del candidato, que pretende un escaño de senador, expresó una idea que los representa de cuerpo entero: “Las mujeres de derecha son más hermosas que las de izquierda, que enseñan las tetas y defecan en la calle. Las de derecha son más hermosas y más higiénicas”.

Lo que estos terribles personajes no alcanzaron a incorporar como bagaje ideológico es que los pueblos del mundo, incluido el brasileño, están conformados por una diversidad de personas, que podrán ser o no lindas, conforme el estereotipo de belleza imperante, pero lo que no se debe desconocer es que todo ser humano es merecedor de respeto y de dignidad.