La historia argentina está llena de hechos donde la miseria humana fue manifiesta y movió los hilos del poder para atacar a opositores, para aniquilarlos sumergiéndolos en la miseria, en la enfermedad, en el ostracismo. Retomaron el método. Por Silvia Torres

 

La dolorosa muerte del ex canciller Héctor Timerman, provocada por un cáncer de hígado que no pudo ser tratado con una terapia experimental en los EEUU, puso en evidencia una vez más cómo el poder oligárquico tiene fresca en su memoria la perversidad para combatir a los adversarios (¿enemigos?) políticos. No concibe que sea posible la existencia de una oposición a su codicia desmedida y, por lo tanto, indefectiblemente fue un poder impiadoso con quienes se atrevieron a embarcarse en otros proyectos políticos, que no fueran la defensa a ultranza de sus intereses.

Desde la Revolución de Mayo, esta grieta se manifestó con claridad meridiana y tuvo a sus mártires en aquellos hombres que se jugaron el todo por el todo, para conformar una nación unificada con los estados de la América del Sur y, a partir de allí, el desarrollo pleno de sus recursos económicos y sociales, un objetivo que fue sistemáticamente jaqueado por  la oligarquía que se abroqueló en el partido Unitario, cuyo único objetivo era acumular más y más riqueza, sin importar cuántas vidas humanas de pueblos originarios, de criollos y gauchos hubiera que sacrificar y cuántos crímenes políticos se debieran ejecutar, para eliminar a hombres que expresaban aquel sueño fundacional.

El asesinato, la persecución judicial, la prisión, el exterminio de pueblos con una violencia inusitada, los fusilamientos sin condena, los bombardeos, la tortura, los campos de concentración fueron algunos de los métodos que la oligarquía utilizó para imponer su voluntad. Ocurrió con Mariano Moreno, con Manuel Belgrano, con Manuel Dorrego, con José de San Martín, con Juan Manuel de Rosas, con Ángel Vicente “Chacho” Peñaloza, entre otros tantos, allá en los albores de la Patria.

En relación con el ex canciller Timerman, al igual que el ex presidente Héctor Cámpora, hay una similitud manifiesta con el caso de Juan José Castelli -el fogoso orador revolucionario, representante de la Primera Junta en el Ejército Auxiliar del Alto Perú-, quien, en los primeros años de la Revolución fue detenido por el Triunvirato -el gobierno ya despojado del ideal revolucionario-, acusado de traición a la Patria y de enajenar fondos públicos, no logró defenderse, impedido de hablar por un cáncer en la lengua. Su defensor, su voz en los tribunales fue la de otro impetuoso revolucionario, Bernardo de Monteagudo y también colaboró Nicolás Rodríguez Peña.  Murió en 1812 y nunca hubo sentencia sobre las causas que se le iniciaron. Tanto Cámpora como Timerman fueron procesados en causas de similar tenor, que afrontaron en iguales circunstancias de salud (el primero, refugiado en la Embajada de México, durante tres años) y, el segundo, su padre, Jacobo, notable periodista y director del diario La Opinión, recibió la misma acusación de traición a la Patria, pero tuvo mejor suerte que su hijo, porque fue reivindicado por el gobierno de Raúl Alfonsín.

Los lacayos de los poderes fácticos que escriben en los medios hegemónicos y que sirven en los pasillos de los tribunales, se expidieron con cínico beneplácito por las redes sociales y alguno no tuvo empacho en acusar a la ex presidente CFK de “uso político de la muerte” de Timerman, que disparó una contundente respuesta de su abogada, Graciana Peñafort, en donde relata cómo fueron los padeceres no solo físicos, sino, sobre todo, los provocados por una acusación que consideraba lindante con la infamia, siendo como había sido un hombre que encarnó una vocación a favor de los intereses nacionales y de la unión latinoamericana, que demostró en todas las etapas de su vida, como periodista y como funcionario.

Timerman, al igual que Cámpora, que Castelli y que tantos otros, fueron víctimas de la cruel codicia que guía la acción política de los oligarcas y de toda la sarta de lacayos, que viborean en su entorno y se alimentan con las viles monedas que caen de sus mesas.