El Día Internacional de la Mujer que se conmemora el 8 de Marzo, rememora  la lucha de mujeres trabajadoras por sus derechos y reverdece, cada año, por los incumplidos objetivos de más justicia y paridad de derechos. Por Silvia Torres

 

 

¿Es mucho el camino recorrido desde aquel 8 de Marzo de 1908, cuando 129 obreras de una hilandería (Cotton), de Nueva York, perdieron la vida por el incendio provocado en el lugar por el propio dueño, en donde tenía lugar una protesta en reclamo de una reducción horaria de trabajo a 10 horas, así como también iguales condiciones y salarios que los varones?

Sin dudas es difícil unificar una respuesta, cuando se percibe una creciente organización y movilización de las mujeres en todo el mundo, y también en la Argentina, en procura de mejorar las condiciones laborales-salariales, sociales, educativa; cuando la tecnología abre de par en par las puertas de las realidades, muchas veces hondamente dramáticas, de mujeres avasalladas en sus derechos, incluso en aquellos largamente protegidos por leyes antiquísimas. ¡Es tanto el poder de las corporaciones que engendraron conjuntamente y hace siglos la dominación patriarcal y machista, enquistada en muchas sociedades con organizaciones político sociales cuasi feudales, que ni las leyes ya existentes logran controlar su bastedad!

Lo bueno, en todo caso, es que las situaciones que victimizan a la mujer, como objeto de explotación y uso de todo tipo, salen a la luz cada día con mayor frecuencia y obligan al Estado a registrar los abusos, la violencia y el femicidio, empujado por la organización de las mujeres que desató una fuerte movilización para, no solo sacar a la luz hechos aberrantes, sino también obligar a que se den respuestas, desde la política, en procura de erradicar prácticas antisociales de gran impacto, porque cada violación, cada femicidio, cada muerte por interrupción clandestina de embarazos o cada aborto en condiciones seguras para las mujeres pudientes -que alimenta un fabuloso negocio también clandestino-, son un combo que tiene como centro a las mujeres, víctimas del poder ancestral del hombre.

Así se construyó la sociedad que busca, en este Siglo XXI, superar las barreras de la discriminación de género impactando, primero, en la conciencia socio cultural, no solo de los países de occidente, sino de todo el mundo. Para ello, las mujeres despliegan decenas de acciones públicas, las que levemente y de manera despareja repercuten sobre los postulados básicos de la educación pública, de la legislación que organiza la vida comunitaria y de los medios masivos de comunicación que, infelizmente, manipulan con criterio sexista los hechos que involucran a mujeres víctimas de hechos aberrantes, por ejemplo. Porque no se trata de escandalizar, sino de crear conciencia, que es algo muy distinto.

Las Naciones Unidas definieron una serie de metas para el 2030, con la finalidad de que los Estados habiliten las condiciones para alcanzarlas. Todas ellas debieran encararse con acciones concretas en el campo de la educación y la difusión masiva de consignas, que impacten sobre la conciencia social de los adultos y de las nuevas generaciones. Esas metas pretenden: 1) Poner fin a  todas las formas de discriminación contra las mujeres y las niñas en todo el mundo; 2) Eliminar todas las formas de violencia contra todas las mujeres y las niñas en los ámbitos público y privado, incluidas la trata y la explotación sexual y otros tipos de explotación; 3) Eliminar todas las prácticas nocivas, como el matrimonio infantil, precoz y forzado y la mutilación genital femenina.

Muchos de estos objetivos son vitales en la Argentina y debieran ser motivo para el desarrollo de políticas públicas que atiendan la disparidad en los salarios que perjudican indefectiblemente a la mujer trabajadora; el acceso a cargos en paridad con los hombres, tanto en la actividad privada como pública; el acceso a la salud integral, incluida obviamente la que se refiere a la sexual, que atiendan las condiciones anatómicas y biológicas femeninas; desterrar de toda manifestación educativa y cultural la ideología machista-patriarcal; desterrar de la gestión política toda injerencia religiosa, ya que ésta debe limitarse a la vida privada de las personas y de las familias: el Estado debe actuar para el colectivo social y no para las distintas facciones que tienen libertad de expresión y manifestación en su seno, entre otras tantas acciones que reclaman las mujeres y que son comprendidas y acompañadas por muchísimos hombres, porque son determinantes para perfeccionar la vida en comunidad.

Aun con un gobierno que empobrece y hambrea a grandes sectores sociales, las reivindicaciones propias de las mujeres no pueden estar ausentes de la agenda pública. Lograr esas reivindicaciones implica, sin dudas y comprobadamente, el desarrollo humano del conjunto.