El resultado de las PASO del 11 de agosto, con notable ventaja para la oposición, lleva implícito las condiciones que impone el pueblo argentino a la clase política. Las condiciones de los poderes fácticos, que se sintetizan en el oficialismo, también comienzan a evidenciarse. Por Silvia Torres

 

El  pueblo argentino se expidió en primarias, PASO, el 11 de agosto y del triunfo apabullante que obtuvo la oposición se pueden definir las condiciones que ese voto lleva implícito, en virtud de la acción política desplegada por el gobierno nacional contrapuesta a los antecedentes gubernamentales de los ganadores. Con un evidente marco de blanco/negro, en el país volvió a cobrar actualidad los dos modelos que signaron la vida política de la Argentina, con ideología, intereses y objetivos notoriamente opuestos y en donde, aparentemente, ni siquiera se pueden definir puntos de contacto esenciales, para elaborar políticas de Estado que marquen un rumbo, un camino que exprese intereses comunes a todos los sectores sociales.

Luego de las primarias, el oficialismo, que expresa los intereses de los sectores minoritarios y brutalmente hegemónicos, exacerbó sus discursos, declaraciones y acciones con notables rasgos antidemocráticos y antirrepublicanos, tirando por la borda un mínimo formato institucional para la Nación, al punto de que en reunión de confuso “gabinete ampliado” se escuchó que serían sacados “muertos de Olivos” (¿?), residencia de los presidentes y no Casa de Gobierno, montados en una ignorancia adrede, que no registra que los únicos muertos en democracia  fueron los ciudadanos comunes y corrientes, ¡jamás presidentes, ministros, funcionarios, legisladores y ni siquiera mucamo/jardinero de la Quinta de Olivos!

El gobierno anuncia medidas de neto corte electoral y hace uso de los dineros del Estado –o sea de todos-, para su campaña: sus medidas fenecen en diciembre… Menos, obviamente, los compromisos de la gigantesca deuda que pesa sobre las espaldas de los argentinos, incluidos aquellos que aun no nacieron.

Rociado con la eterna prédica que es el meollo de la batalla cultural, esencial para continuar con la colonización del continente, se taladra la conciencia de los ciudadanos con los prejuicios ideológicos, que buscan tender una nube de oscuridad para que la realidad sea menos reconocible o, en su defecto, que la calamidad sea atribuida a otros monstruos, bajo la calificación de “populistas”, “chorros”, “kirchneristas”, “corruptos”, “autoritarios”, etc. etcétera. Y en ello, está como siempre la batuta del imperio, a través de sus desvergonzadas embajadas que reúnen habitualmente a no menos desvergonzados funcionarios, jueces, intelectuales y chupamedias diversos, en torno de sofisticados canapés y bebidas, cuyos costos podrían alimentar a centenares de argentinos hambrientos.

La violencia verbal y la utilizada en la represión con armamento harto sofisticado, las amenazas, los presos políticos, la manipulación de las instituciones –poder judicial incluido-, la miseria y el hambre con que flagelaron a los ciudadanos en estos últimos años son la esencia de la oligarquía gobernando y que, ante la evidente posibilidad del fin de su gobierno, comienza a dar señales de condicionamientos para el futuro, que se expresan en la incontinencia verbal del mandatario y de sus adláteres, de la insistente visita de empresarios por fuera de sus organizaciones gremiales al candidato presidencial, Alberto Fernández, las declaraciones de líderes agrarios en torno de las retenciones como algunas de las manifestaciones que evidencian conductas, si bien incipientes, pero incuestionablemente reales, para imponer condiciones ante los cambios en el proyecto de país que exige unívocamente el voto de los argentinos.