La Argentina se enfrenta a grandes desafíos para superar esta etapa de cuasi desintegración política-social y, para ello, debe definir también su política exterior, que eluda el cepo del colonialismo impuesto por el imperio, en todo el continente. Por Silvia Torres

 

Los instrumentos de colonización que utiliza el imperio sobre el continente, no por novedosos, dejan de ser menos reales y dramáticos. Sus políticas ya no se valen de la complicidad de las fuerzas armadas, de los tanques, la tortura, la detención clandestina y la desaparición de personas, sino de la aplicación de otros métodos, más sutiles, pero no menos efectivos, especialmente sobre la conciencia popular.

Lo menos novedoso es la persecución de líderes populares y otros recursos violentos repetido desde siempre –los exilios de San Martín, Rosas y Perón; los asesinatos de Mariano Moreno, de Dorrego, de Peñaloza y de los 30 mil desaparecidos de la última dictadura; los fusilamientos en los basurales de José León Suárez; el bombardeo a Plaza de Mayo; los presos políticos del pasado y los actuales; la persecución judicial-, métodos que se repiten con “normalidad” en muchos países americanos, incluida la Argentina, en donde la conjunción del poder político junto a sectores del poder judicial y de los medios de comunicación cuasi monopólicos, despliegan una batería de persecución cotidiana en contra de la oposición –especialmente el denominado “kirchnerismo”-, no ya para su eliminación física, sino para su desprestigio y degradación por vía del repudio popular. En este accionar, las fake news (noticias falsas) son el instrumento indispensable para llevar a cabo la low fare (guerra judicial), que desnuda la estrecha vinculación gobierno+medios+funcionarios judiciales.

El macrismo desplegó una política de  remozadas “relaciones carnales” con el imperio y agregó, a los métodos de sumisión mencionados, el endeudamiento, no solo con los “buitres” privados, sino también con el Fondo Monetario Internacional, que proveyeron de dólares frescos para alimentar la fuga de divisas en un circuito de alta corrupción,  prolijamente ignorado por los medios de prensa hegemónicos.

La Argentina, si quiere recuperar su perfil industrial con trabajo y salarios dignos para sus mayorías, deberá necesariamente implementar no solo una política interna distinta, sino también una política exterior diferente, algunas de cuyas pautas fueron explicitadas por Alberto Fernández -el candidato a presidente mejor posicionado para las elecciones del 27 de octubre-, que tuvo como escenario España y Portugal, en línea con la ejecutada por los harto demonizados peronismo y kirchnerismo. Es decir, la Argentina desplegará políticas que atiendan el carácter multilateral y multipolar  en el que gira el mundo, post Guerra Fría.

AF se alojó en la Embajada de Uruguay durante su viaje a España, una señal de que la vinculación con ese país es óptima y apuntala su idea de que el primer anillo de alianzas es fortalecer el Mercosur para jugar en la globalización, más allá de la circunstancial situación de la relación Argentina-Brasil. A partir del Mercosur, retomar la reconstrucción de “la unidad latinoamericana”, centrada no solo en los antecedentes históricos sino también en “los intereses económicos” del continente, al tiempo que cuestionó que Argentina forme parte del Grupo de Lima, por su alineamiento automático con los EEUU, con quien se deberá establecer una vinculación “madura”. En esta línea, el enfoque de la problemática venezolana es de una “salida pacífica”, en la misma dirección que los gobiernos de Uruguay y de México.

Es ineludible la defensa del Estado de Derecho sobre la base del debido proceso, dijo, violentado insistentemente en el continente, con ex mandatarios democráticos perseguidos mediante aberrantes manejos judiciales, que amedrentan a la oposición y deja libre el camino para hombres y mujeres fáciles de ser llevados de las narices por los poderes fácticos.

Fernández anunció que, de asumir la primera magistratura, la Argentina honrará sus deudas las que, se sabe, son gigantescas y atentan contra el desarrollo presente y futuro del país. Se compromete a “honrar las deudas”, pero no “a costa del deterioro de nuestra gente”. En cuanto a la integración con la UE habló de la necesidad de establecer “compensaciones por las asimetrías”, que aportarían al propósito de “volver a crecer y a industrializarnos”.

Dejó en claro que es voluntad del pueblo argentino conciliar la democracia como instrumento de desarrollo y de integración, descartando los nefastos efectos del colonialismo que fue la tónica del gobierno que culmina el próximo 10 de diciembre.