Si hay algo que necesita el neoliberalismo para conducir a los pueblos es desplegar densas cortinas de humo, para tapar la realidad, porque ésta es su gran enemiga. Por Silvia Torres

 

 

Como si fuera en el teatro o en los estudios de filmación, el neoliberalismo levanta escenarios ficticios, cortinas de humo, diálogos irreales para ocultar la realidad. (La diferencia imprescindible entre las artes y el poder político mencionados, es la finalidad de unos y de otros). Todo vale: desde los tétricos conductores de la tv hegemónica hasta las no menos lamentables respuestas de los entrevistados oficialistas, que alcanzan el paroxismo de la irrealidad, de la mentira.

De esa manera, naturalizan que ganar las elecciones por 8/10 puntos de diferencia no implica necesariamente un triunfo, ni una derrota electoral por quien no fue beneficiado; o escarban en los gestos en escenarios de victoria, en lecturas de la psiquis de los protagonistas del éxito, etc. etc. Todo vale para diluir un triunfo popular contundente y la voluntad de las mayorías, que definieron su preferencia por un modelo de país diametralmente distinto del aplicado por el gobierno de la alianza macrista-radical, fogoneado, sostenido y protegido hasta la exasperación por los medios hegemónicos, juntamente con sectores judiciales, bendecidos ambos por el poder hegemónico del establishment, ése que la juntó con pala. Con pala Caterpillar.

Los argentinos deben mirar a su alrededor, imprescindible para ver la tierra arrasada. No sirve que los ciudadanos de las urbes se calcen las anteojeras, se monten a sus coches último modelo -comprado gracias al sacrificio de deglutir arroz blanco todos los días, que los endeudó hasta la coronilla-, arriben a sus hogares, enciendan la tv y crean que eso es la realidad. ¡La realidad! Crean que lo que ven y escuchan, es la verdad. ¡La verdad! Porque, infelizmente, ni cuando se ensucian los zapatitos en el barro irremediable de los barrios humildes, los medios muestran la realidad, el sufrimiento y las privaciones cotidianas de los pobres, que hoy suman 16 millones de argentinos, ¡con 53 % de menores en esa condición!

No fue fracaso. Fue modelo de país, modelo económico-social y la caída de Macri y su “mejor equipo de los últimos 50 años” no significa que el modelo está superado, destruido, eliminado de la tierra de los argentinos. No. El modelo sigue vigente y en espera de dar su próximo zarpazo, tal como lo demuestra la prédica de los lacayos del poder, todos los días, en los medios de comunicación, con contadas excepciones.

Si se hace una somera síntesis de los principales hechos ocurridos en los últimos cuatro años, carentes de difusión masiva la mayoría de ellos, –excepto por algunos pocos medios-, se puede observar que lo único exitoso en el país fueron los negocios en los que están involucrados amigos/parientes del Presidente. Como la gigantesca deuda externa, comenzada a acumularse desde el momento en el que se elimina el “cepo K”, hasta la contraída con el FMI, dineros que se dilapidaron pagando intereses de las primeras operaciones con “privados” y alimentando la fuga. (¿En beneficio de los prestadores privados, de los bancos locales y de los “amigos” locales e internacionales?). ¿Y cómo fueron las comisiones por esas operaciones? ¿Quiénes los beneficiarios? El crecimiento exponencial de la fortuna del presidente y sus funcionarios, ¿tiene que ver con estos “negocios”? ¿Y hasta cuándo los argentinos tendremos que esperar que se defina la multimillonaria deuda del Correo, de los parques eólicos, de los peajes, de la obra pública inexistente, pero que deglutió recursos del Estado, entre tantas otras cosas que huelen mal en la Argentina?

Es gigantesca la tarea de reconstrucción que hay que llevar adelante y, como ocurrió históricamente en cualquier situación similar en el mundo, hay que empezar por salvar a los hombres y mujeres, a menores y ancianos caídos en la miseria. Como se hizo en Europa, después de la guerra: Salvar a los sobrevivientes, con trabajo, con salarios, con comida, con medicamentos como la única manera en la que se puede hacer circular la rueda de la producción, del comercio, de la industria. No será como el “milagro alemán”, porque no hay a la vista un Plan Marshall. Milagro, no. Pero sí “encender la economía”.

Junto a esto, hay que trabajar duro en la reversión de la conciencia cultural de los argentinos, que fue direccionada hacia el egoísmo, el prejuicio, la aporofobia y recuperar de nuevo la autoestima, como pueblo de una Nación que supo ser vanguardia en el continente. También, recuperar la idea del prójimo y aplicarla sobre todos los compatriotas –incluidos los de la Patria Grande-, sin excepción. Debemos erradicar todo vestigio de ser un pueblo insolidario y brutal, capaz de crucificar a Cristo, si se le ocurriera  reaparecer con su prédica y su ejemplo.