Con el triunfo irrebatible de la fórmula Fernández-Fernández para conducir los destinos de la Nación, a partir del 10 de diciembre, se espera que la Argentina vuelva a recuperar sus tradiciones más genuinamente democráticas, en medio de una América latina convulsionada y de operaciones mediáticas locales. Por Silvia Torres

 

Finalizado el escrutinio definitivo que definió el contundente triunfo de Alberto Fernández-Cristina Fernández de Kirchner, en primera vuelta y por + 7,96 % de diferencia en relación con la fórmula oficialista Mauricio Macri-Miguel Pichetto, coloca a la Argentina de nuevo en la senda de recuperar la democracia genuina y fáctica, al mismo tiempo que se acentúa internamente una campaña de desgaste –cuando aún no asumieron los elegidos-, a cargo de los medios hegemónicos y con los protagonistas de siempre: los lacayos del establishment. En tanto, el continente se debate en diversas convulsiones, no exentas de violencia propia de dictaduras y/o de irascibles grupos de derecha.

La Argentina se encuentra en una situación dramática, exactamente en las antípodas de los documentos y mensajes de despedida de la oficialista alianza macrista-radical, lo que demuestra que los líderes neoliberales del país -y los del continente-, viven dentro de una burbuja, ocupados en utilizar el Estado como coto de caza, para su propio interés económico y el de sus amigos y socios. Evidente en los mensajes de todos ellos: Macri, Piñera, Moreno, Duque… A lo sumo, atinan a pedir disculpas, ¡ay! Porque no ven el desastre que los rodea y el dolor al que someten a sus pueblos.

En tanto, los medios de todos los países y, con exacerbación en la Argentina por la abultada concentración, se ocupan de fabricar la realidad irreal, la ficción, la simulación, la fábula y propalarla unívocamente. Se disfrazan de democráticos y de libertarios, cuando ocurre exactamente lo contrario. Lo democrático, la libertad, el desarrollo igualitario expresado en la justicia social, la división de poderes, la defensa de los derechos humanos, respetar y mejorar los servicios de justicia, etc. son hechos propios de los gobiernos populares –“populistas”, si quieren-, acciones de dirigentes progresistas comprometidos con las causas de sus pueblos.

Hay una batalla cultural dura en frente. Una batalla en defensa del interés superior de las mayorías populares, que debe comprometer a todos quienes ostentan algún espacio de poder, sin excepción: gobiernos nacional, provinciales, municipales; organizaciones gremiales, empresariales y sociales de toda índole. Es necesario desmontar de la conciencia social el sentido que se viene inculcando desde hace tiempo acerca de que triunfa el que se esmera, gana el que merece, avanza el que se esfuerza y, cuando se mira la realidad sin estas anteojeras, se ve a la sociedad conformada por millones que luchan y bregan diariamente y solo retroceden, solo se empobrecen, solo sufren y se frustran.

Es por ello que la vuelta del “populismo” -que en la Argentina no es otra cosa que el peronismo, junto con sus aliados tradicionales en un frente multipartidario, que ya es jaqueado por los poderes fácticos con la finalidad de insertar una cuña para quebrarlo-, implica el desafío de atender las necesidades más acuciantes del 40 % de pobres, “encender la economía” que registra meses y meses de retroceso  y poner a andar las grandes posibilidades de desarrollo. Eso sí, nada de esto será posible si no se encara la batalla cultural para desmantelar o, por lo menos, ponerle un cerco a la voraz prédica del establishment, que tiene como sueño el “modelo americano”: ese que exacerba la desigualdad, donde los super millonarios pagan impuestos menores que sus secretarias, por ejemplo.

La vuelta es para todo eso y para que cada ciudadano comprenda, internalice y se comprometa con que el desarrollo armónico de todos los sectores sociales es el único camino para consolidar la Argentina que, a lo largo de su historia, demostró que puede desplegar todo su potencial natural, cultural, científico, tecnológico, productivo, industrial y humano, porque tiene la vocación de avanzar y una parte de su dirigencia política con la conciencia y la responsabilidad de conducirla hacia esos fines.